SENTIRPENSAR
La casa de mi alma
Primer acto
Al llegar a la casa de mi alma,
entre la neblina espesa de mis pensamientos,
puede leerse un aviso multicolor que advierte:
“Todo aquel que cruce esta puerta
tiene pleno derecho a pensar,
pero no a sentir.”
La frase cuelga torcida sobre el dintel,
como si alguien la hubiese escrito con una mano temblorosa
y la otra escondida bajo el pecho.
Segundo acto
Si te atreves a cruzar
el umbral de la casa de mi alma,
no tienes derecho a sentir miedo.
El miedo ya vive aquí.
Es mi inquilino más antiguo,
el primero en llegar,
el que nunca pidió permiso
porque traía consigo un contrato de compraventa,
sellado con saliva amarga
y firmado en una noche sin testigos.
Desde entonces,
posee la licencia de orientar
cada gesto de mi cuerpo,
cada paso,
cada retirada,
cada batalla que mi piel debe enfrentar
antes de que el mundo la nombre.
Tercer acto
Son tantas las prerrogativas del miedo
en la casa de mi alma,
que los visitantes ocasionales
—el amor, la lealtad, la tristeza
y, por supuesto, la nostalgia—
han preferido mudarse al anexo de huéspedes.
Allí conviven, no sin cierta resignación,
con la danta de María Lionza,
el caballito de Aquiles
y las cinco águilas blancas de Febres Cordero,
esas mismas que Caribay secuestró
para ocultarlas luego
en el techo oscuro de mi vivienda.
A veces las oigo moverse arriba,
raspando la madera con sus alas dormidas,
como si quisieran recordarme
que no todo lo perdido está muerto,
que también hay mitos
que respiran bajo el polvo.
Cuarto acto
Una vez se me ocurrió salir,
a medianoche,
de la casa de mi alma.
Quise emprender un viaje astral
con un grupo de amigas subversivas de la vida,
mujeres de paso,
mujeres de humo,
mujeres que caminaban sin pedirle permiso
a la gravedad.
Venían envueltas
en sus traslúcidos vestidos etéreos,
y bastó que compartiéramos un té
con unas gotas de esencia de la vida
para que el miedo despertara sobresaltado.
Se engalanó con su mejor traje,
ese que guarda para las ocasiones solemnes
en que debe arruinar la esperanza,
y llamó a mi alebrije personal:
el chiriguare.
Entre los dos,
con una descortesía brutal,
sacaron a empujones
a la triste e inconforme Safo,
a la impaciente Alfonsina
y a la ingrata de Miyo.
Las vi marcharse por el corredor,
descalzas, heridas,
todavía luminosas,
mientras el miedo cerraba la puerta
con una llave que parecía hecha
de mis propios huesos.
Quinto acto
Habitar la casa de mi alma
es un ejercicio constante.
A veces he pensado
en pedirle al miedo que desocupe,
en dejarle una carta sobre la mesa,
en cambiar la cerradura,
en abandonarlo yo primero
antes de que él vuelva a dictar
las normas de mi respiración.
Pero entonces recuerdo
las contadas ocasiones
en que el miedo bajó al sótano
y dejó vacío su lugar en la sala.
Fue allí cuando entraron,
sin tocar la puerta,
las hermanas ansiedad y depresión.
Me abrazaron con sus brazos helados,
me cubrieron con una manta de piedra,
y de pronto el frío,
la intemperie
y una amarga melancolía
tomaron por asalto
el sitio privilegiado
que el miedo había ocupado históricamente
en la casa de mi alma.
Por eso, algunas noches,
aunque me duela admitirlo,
dejo una lámpara encendida para él.
No porque lo ame,
no porque lo absuelva,
sino porque todavía no sé
quién soy
cuando la casa queda completamente sola.
Suzuky Gómez Castillo

