DOSSIER
ENTRE LAS DESESPERANZAS Y LAS ESPERANZAS
EN EL TIEMPO DEL EXÍLIO BABILÓNICO
Joel Francisco Decothé Junior
Parte de la esencia de este movimiento religioso que
es el capitalismo, es aguantar hasta el fin, hasta
culpabilizar totalmente a Dios, hasta que sea
alcanzado el estado de desespero universal, en el cual
aún se deposita alguna esperanza. En esto reside el
aspecto históricamente inaudito del capitalismo: La
religión ya no es reforma del ser, sino su
desmoronamiento. Ella es la expansión del desespero
al estado religioso universal, del cual se esperaría la
salvación. La trascendencia de Dios ha colapsado.
Pero él aún no está muerto; Él ha sido incluido en el
destino humano.
(Walter Benjamin)1
Introducción
En este trabajo queremos reflexionar sobre algunos elementos importantes ligados a la historia, la teología y las perspectivas hermenéuticas en el texto de Isaías. De antemano, queremos dejar claro que nuestra intención no es hacer un examen exhaustivo de todos los asuntos aquí abordados Es importante para el desarrollo de nuestro tema, la realización de un breve examen del contexto histórico antes del exilio y durante el exilio, en el que estuvieron insertos el profeta y la comunidad de personas exiliadas. Dentro de esta perspectiva, estudiaremos un poco de lo que pasó en el contexto de la caída del reino de Judá. Dando continuidad a nuestro estudio, intentaremos aclarar lo que ocurría en el centro del poder gubernamental babilónico que se concentraba en las manos del déspota Nabucodonosor.
Trataremos las perspectivas referentes a la relevancia que la teología profética del Deuterosaías tiene en relación con la vida de la comunidad cristiana en el mundo actual y el espíritu de su tiempo. Para ello, consideraremos el tema de la idolatría en la teología del mercado sagrado y, consecuentemente, la importancia de la profecía deuteroisaiana para nuestro tiempo de crisis global.
El problema de la idolatría en la teología del mercado sagrado
En los tiempos actuales, las personas son tratadas como simples números de cuentas bancarias, o como mercancías en las relaciones de producción existentes en el capitalismo. La persona humana deja de ser la meta final de estas relaciones de producción y queda relegada a la noción de que existe nada más como medio para la producción de bienes de consumo. Infelizmente, las personas sólo tienen utilidad en tanto que pueden servir a las relaciones de cambio dentro del funcionamiento de la lógica del mercado. El problema se agrava, pues el libre mercado define a las personas como productos en las relaciones mercantiles, y rechaza la realidad de que son las personas quienes producen estas mercancías; consecuentemente, las personas terminan alienadas de sí mismas2. Esta situación evidencia una relación de endeudamiento del infame capitalismo. Aquí tenemos la categoría de la alienación expandida, pues la confianza ahora es puesta en la noción de que es necesario creer y tener la esperanza fija de que las grandes corporaciones empresariales poseen las fórmulas mágicas para la resolución de los problemas económicos, políticos y sociales. La idea es dejar de lado la contribución de las religiones y del Estado, para mejor la calidad de vida en la sociedad civil3.
Es un hecho que en la sociedad contemporánea la predicación de la Iglesia ya no tiene la potencia que tuvo en los tiempos pasados. Hoy las bases orientadoras que la Iglesia tiene para ofrecer y su contribución en los temas fundamentales de nuestra sociedad no tienen tanta credibilidad. La sociedad civil ha erigido sus propias bases orientadoras que relativizan la voz de la Iglesia y de las demás religiones en términos sociales, económicos y políticos. El actual modelo económico es el que generalmente da la línea de acción en las relaciones sociales. Esta situación fomenta cada vez más el proceso intenso del desnivel social en nuestro país, generando así un gran contingente de personas subempleadas y cada vez más empobrecidas. El poder ejecutivo mal orientado, unido al poder económico, no responde a los desafíos que surgen ante el reto de superación de la injusticia y la pobreza en la cruel realidad que muchas personas viven en nuestro país. El resultado de esta circunstancia es una crisis de corrupción endémica de norte a sur en el país. Para agravar la situación, todo el ambiente ha sufrido con este modelo de desarrollo, en el cual la naturaleza -la creación de Dios-, paga el precio por el pésimo proyecto del progreso capitalista desordenado, donde todo vale en nombre del lucro4.
En este contexto, poco importa la situación moral del ser humano. Si éste es justo o injusto, si practica las virtudes o si es perverso, lo más importante es que este ser humano esté inserto en el mercado y consumiendo cada vez más. Según esta perspectiva, la lógica presente en la dinámica de mercado, forzando una serie de circunstancias asimétricas, posibilita que exista entre las personas una relación financiera asimétrica, pues lo que importa es que las personas estén insertas en el mercado. Esta relación de concordia financiera asimétrica no tiene su base fundada en las virtudes humanas, pues es una relación de orden regida por el sistema invisible del mercado que nadie puede palpar. Acertadamente, Adam Smith lo llamó “la mano invisible”5.
Lo antes expuesto es inspirado en la teoría utilitarista Smithiana de mercado capitalista que hasta los días actuales impulsa la ideología y la praxis neoliberal de los dueños del capital.6 Mientras tanto, percibimos que esta praxis ideológica carga intrínsecamente en sí la idolatría de las estructuras que pueden salvarse por sí mismas, sin cualquier mediación o dependencia de las acciones humanas como fin último. El poder místico que las estructuras mercadológicas inhalan es un dispositivo inherente a las prácticas y pensamientos de las élites, desde sus transacciones financieras hasta las posiciones políticas que esta clase ocupa en el escenario nacional. Estas prácticas ganan la condición axiomática de categoría metafísica, de una forma tan acrítica que en muchos momentos son consideradas como la propia revelación de la providencia divina en la historia de la humanidad.7
Conforme las personas van idolatrando al mercado y considerándolo perfecto, éste gana una aureola sagrada, adquiere valor metafísico y trascendente, como lo hemos afirmado. En esta situación, los valores se invierten. No es el mercado quien tiene que servir a las necesidades de los seres humanos, sino los seres humanos quienes deben arrodillarse ante el sacrosanto mercado. Es el mercado quien dicta las normas imperialistas para la vida de las personas cristianas, que metafóricamente acaban siendo exiliadas por el sistema capitalista. Este sistema mercadológico de libre comercio, en los días actuales es asumido por algunos pensadores como la materialización del proprio Reino de Dios. Mediante las consecuencias que involucran a la praxeología opresora en este escenario del dios mercado, tales como el agravamiento de la pobreza, las desigualdades sociales, el hambre, la falta de vivienda, etc., podemos indicar que la idolatría a este dios es una realidad innegable y en verdad alienante.8
La idolatría teológica del mercado como sagrado (por ejemplo, la teología de la prosperidad), afecta a la vida de las personas sencillas de modo objetivo en las relaciones mercantiles y acaba estimulando una adoración de los discursos económicos que desconsideran la miseria humana y nada más privilegian el desarrollo en vista del progreso y del lucro por el lucro. Aun reconociendo que los seres humanos hayan creado el mercado, el hecho es que a lo largo del tiempo él ha ido volviéndose un ídolo para aquellos que depositan su fe en la providencia del libre mercado. Y a lo largo de su desarrollo y del poder que ha ido acumulando, el mercado se constituyó en una especie de ídolo, pues terminó fortaleciendo y revelando su faceta de entidad divinizada. Esta fuerza ha sido alimentada por la idolatría de las personas que dieron su vida en devoción a este dios, o aún aquellas que tuvieron su vida cruelmente sacrificada por él.9
Como consecuencia, el mercado ha ido volviéndose un mito, un ente trascendental, supranatural y mundialmente conocido, adquiriendo fuerzas para constituirse en el emperador del exilio capitalista en el cual vive hoy la comunidad cristiana. En este imperio, las personas sitiadas son forzadas a buscar su salvación a los pies de este dios, de modo que se hacen sus vasallas. Para que haya salvación para los pobres, estos tienen que ser sacrificados en nombre del sagrado dios mercado. Este es el precio que debe ser pagado. Tal idolatría pasa a ser la ofrenda en el proceso de salvación con las penitencias que éste impone, y así la esclavitud pasiva al sistema capitalista pasa a ser algo común a toda la creación; el sacrificio de la vida al dios mercado es el único modo adecuado, e irónicamente unilateral, para superar la miseria y las crisis financieras de nuestro tiempo.10
Es terrible esta situación, donde la religión de mercado erige para sí un culto que tiene alcance mundial y atemporal, encarnando analógicamente valores devocionales a sus objetos de culto, tales como el oro, el dinero y los bienes preciosos. En esta imagen, tenemos presente la verdadera alabanza al dios mercado financiero. La fe en este contexto es depositada en el crecimiento, en el progreso. Lo que importa es el culto al mercado sagrado, pues él tiene sus altares en todos los espacios de la sociedad. Esta religión tiene su dogma más fuerte en la categoría de la “economía”. Aquí tenemos el becerro de oro de la idolatría capitalista, que es extremadamente actual pues el dinero es el principio y el fin de todo, el dios único, y perversamente él gana el título de “el increado divino” dentro de este reino del mercado. Sabemos que este culto al sagrado mercado no es una novedad, su existencia ya viene de larga data.11
En consecuencia proponemos una lectura de la profecía del Deuteroisaías que desacralice esta visión del dios mercado, pues en la perspectiva de este profeta solo existe un Dios, Iahweh, que es Sagrado. Desde el inicio de su libro (Isaías 40), el profeta indica que solamente el Señor es Dios, y llega a ser satírico en afirmar la debilidad de los dioses del imperio, pues solamente Iahweh es capaz de realizar grandes hechos, y el pueblo debe confiar solamente en el Señor. El texto de Isaías 44, 6-23 lo confirma, en el sentido de anunciar la reprobación de aquellas personas que construyen sus propios dioses y ponen su confianza en ellos.12
Para nosotros, como comunidad cristiana, este mensaje es profundamente contemporáneo; porque la liberación que Dios promovió en nuestras vidas por medio de la obra redentora de Jesús el Cristo es el real testimonio de que existe sólo un único Dios, que no es el ídolo ni el dios mercado (Gl 51-13). Si por casualidad nosotros, como comunidad de personas liberadas por el Cristo, tomamos el mercado como dios absoluto, estaremos adorando las obras de nuestras propias manos y promoviendo la opresión y viviendo en situación de alienación. El peligro de vivir alienados por la idolatría del dios mercado es algo real, pues muchos viven en este estado en razón de su propia seguridad y confort desmedidos, generando la desgracia de las demás personas. Creemos que nosotros debemos unirnos a la voz del profeta y decirle no a la idolatría, sea ella de cualquier orden. Tenemos la oportunidad de vivir como pueblo de Dios, perdonados de nuestros pecados y libres de la esclavitud del egoísmo y ambición que solo quiere acumular para sí misma (Isaías 54.1-7).13
El mensaje profético del texto bíblico del Deuteroisaías desacraliza el ídolo dios mercado. Porque la intencionalidad de este profeta y su comunidad al anunciar que Iahweh desea que su pueblo, tanto de aquellos días del exilio babilónico como de los días actuales -donde tal vez estemos viviendo el exilio del capital-, tengan su dignidad de vivir ante este sistema opresivo del capitalismo de mercado. Solamente el Señor tiene la fuerza de conducir a su pueblo en la construcción de esta situación de dignidad, pues únicamente Él es el Señor de la historia universal, el Dios solidario hacia los pobres y las víctimas, dador de toda la vida, la justicia y la salvación concedida a nosotros que recibimos por la fe en el Cristo liberador la práctica de la justicia (Isaías 45.8).14
El Dios del cual habla el profeta es el Dios de la Iglesia, el Dios que está junto a los pobres y desacraliza el ídolo dios mercado presente en nuestra sociedad. Este Dios es solidario con los sufrimientos de su pueblo, pues está al lado de ellos siempre; aunque aparentemente no haya salida como fue el caso en el exilio babilónico. Dios sufre junto con su pueblo, diferente de los operadores del dios mercado que solo quieren el progreso, la eficacia política y mucho lucro. Por esta razón, el profeta nos exhorta como comunidad cristiana a ser personas solidarias con los más débiles y andar junto con ellos en nuestra vida de fe, diciéndole no al ídolo mercado y su opresión. Y de manera inversa, diciendo y practicando el sí a la liberación y a la justicia del Reino de Dios (Isaías 51).15
El tiempo de las incertidumbres y el anuncio de la esperanza mesiánica
En Brasil, de acuerdo con algunos analistas, el optimismo político, económico y hasta el religioso, promocionado por la “teología de la prosperidad”, ha sido una de las grandes propagandas alienantes utilizadas para minimizar la crisis que la llamada época postmoderna ha instaurado en nuestra sociedad. El espíritu de nuestra época es veloz y no le importa mucho el presente. Los cambios son promocionados en todas las dimensiones sociales con conceptos tan fluidos que ni siquiera tenemos tiempo de apropiarnos de ellos con seguridad. En ciertos momentos, tenemos la impresión de que estos cambios son más veloces que nuestro propio pensamiento, y las categorías temporales de pasado, presente y futuro se confunden por la fugacidad de los hechos acelerados de la vida diaria. En este ambiente, surgen diariamente tecnologías nuevas e impresionantes, como por ejemplo los desdoblamientos de la nanotecnología y de los semiconductores. Todo lo que era gigantesco cabe ahora en estas pequeñas partículas. El hecho es que todo pasó a ser fugaz. No ha terminado de surgir una nueva invención tecnológica, sea de cualquier orden, y ya está condenada a desaparecer. Lo que sucede es que una nueva invención aparece y toma su lugar por poco tiempo, y este ciclo continúa velozmente en una espiral sin fin.16
Nuestra sociedad vive la era de la globalización, que es marcada por un orden social fragmentado, dividido y diversificado. Todos los axiomas que hasta entonces podrían ser considerados permanentes han sido relativizados. Esto crea reflejos inmediatos en las relaciones interpersonales, de modo que tales relaciones están cada vez más debilitadas. Nótese, por ejemplo, las relaciones virtuales que al mismo tiempo en que acercan a las personas, también las alejan. Son los nuevos tiempos, en los cuales no sabemos cuándo todo esto va a llegar. La época en la cual vivimos es compleja y muy difícil de definir nada más que con algunas palabras. Hasta el término postmoderno es cuestionable. Lo utilizamos aquí sólo por haber consenso desde el punto de vista histórico-metodológico. Mientras tanto, recibimos con atención la orientación que Jesús nos ha dejado, debemos estar atentos a los signos de los tiempos. Con la llega del nuevo milenio, el afán de paz entre las naciones se intensifica; sin embargo, lo que vemos son guerras más sofisticadas y el imperio de la violencia se expande por todos los rincones. La tecnología no ha sido el mesías que la humanidad tanto esperaba; por el contrario, la humanidad todavía no ha logrado, a partir de estos recursos técnicos, resolver los problemas humanos del hambre, la miseria y la exclusión social de nuestros hermanos y hermanas que sufren.17
La incertidumbre ante los desafíos de nuestro tiempo debilita el pensamiento. Este período histórico que estamos comenzando a vivir en este nuevo milenio es complicado. Varias dimensiones se entrelazan, tales como: la economía, la política, la cultura y la religión que buscan modelar la mentalidad del ser humano contemporáneo cuando afirman que no existe otro modelo de organización social más allá del capitalismo. Esto revela la fragmentación y la debilidad del pensamiento humano. Después de la caída de los grandes regímenes políticos totalitarios del Occidente, el pensamiento postmoderno o pensamiento único ganó fuerza y centró su atención en la individualidad de la persona. Las narrativas históricas universales cayeron en descrédito, y lo que importa ahora son las micronarrativas personales. En el caso de la religión, ésta se ha vuelto cosa del ámbito privado. Esta nueva postura religiosa tiene algo positivo, porque respeta el evento del misterio; pero en contraparte, niega la posibilidad de un tipo de fe colectiva y comprometida en la probabilidad de que sucedan transformaciones concretas en la realidad de la vida comunitaria. Otro elemento importante es su perspectiva sobre Dios. Esta religiosidad tiene su pauta puesta en una creencia genérica sobre Dios, no acepta firmeza en las convicciones personales y mucho menos las consecuencias que esta fe puede acarrear para la vida religiosa social.18
La comunidad cristiana en este mundo postmoderno tiene que convivir con la realidad de que en muchas situaciones donde imperan las incertidumbres, les serán pedidas la razón y la esperanza de la fe religiosa (1Pedro 3.15). Ante estas circunstancias, muchas personas cristianas terminan sólo opinando sobre la fe. Por otro lado, un gran contingente de personas que no tiene su religiosidad definida, pues esta es una característica de nuestro tiempo confuso, deposita su libertad en cualquier discurso escatológico, ejerciendo así la libre condición de no la creencia, pues juzgan que están más allá de esta temática.
En todo caso, ambos grupos terminan tomando la misma actitud ante la pluralidad postmoderna; unos se contentan con su fe superficial y otros niegan cualquier compromiso religioso.19 Ante tal escenario, pensamos y creemos que el mensaje mesiánico deuteroisaiano puede contribuir para repensar un poco este cuadro en la línea de la evangelización, en medio del espíritu de crisis de nuestra época.
El término Mesías es de origen hebreo y tiene su correlación en el griego con la palabra Cristo; ambos tienen el mismo significado, a saber, ungido. El Mesías sería una especie de líder de un movimiento mesiánico, una persona con adjetivos especiales que lleva a su comunidad la renovada esperanza ante determinadas situaciones complejas. Esta persona tendría la capacidad de guiar a su grupo para una nueva realidad histórica en el que serían establecidas la justicia y la paz.20 Este término indica la tradición israelita de ungir inicialmente a los reyes, y después dentro de su historia, al sumo sacerdote; y más tarde, a los sacerdotes en general (Jz 9.8; 1 Sm 16.13; Ex 29; Lv 4.3). En los primeros tiempos de Israel como Estado, el título de Mesías fue directamente dado a Saúl y a David, y con el tiempo se institucionalizó (Sl 2; 72; 1 Sm 24.7). En el texto del Deuteroisaías, quien recibe la denominación de mesías o ungido es Ciro, el rey persa (Isaías 45.1). Lo interesante de este caso es que se da un traslado importante en esta práctica. Un rey gentil recibe la denominación de “ungido de Iahweh” y pasa a ser el instrumento de liberación del pueblo hebreo del cautiverio babilónico.21
Inicialmente, el término mesías tenía una connotación de orden político y no se relacionaba con la posibilidad de la venida de un futuro rey salvador. Esta concepción de mesías salvador sólo empieza a ser considerada en la literatura del período intertestamentario. Básicamente en el AT no encontramos una concepción de mesías como salvador. Lo que había era la esperanza de un posible líder que proporcionara la renovación de la nación, fundada en la justicia (Mq 5.1: Jr 23.5: Ez 37.24).22 Como sabemos, el libro del profeta Deuteroisaías quedó conocido con la siguiente nomenclatura: “Libro de la consolación de Israel”. El porqué de esta nomenclatura se debe al hecho de que el profeta deseó consolar a su pueblo que ya había sufrido tanto con la caída en el exilio a causa de decisiones equivocadas de los poderosos del reino del sur (Is 40.1). Inmersos en este contexto de sufrimiento y dolor, el pueblo pobre es motivado por el profeta a apegarse a Iahweh, pues Iahweh está de su lado. La dinámica del anuncio del profeta está pautada por el ritmo de la promesa, esperanza de liberación y felicidad en las nuevas cosas que su Dios realizará en favor de los excluidos de aquella época de exilio. Los cuatro cantos del Siervo Justo de Iahweh (Isaías 42 1-9; 49.1-7; 50.4-11; 52.13–53) demuestran la bella imagen de un sujeto que acepta el sufrimiento hasta el extremo de la muerte para salvar a su pueblo débil.23
Las profecías del AT son de extrema importancia para la Iglesia cristiana desde los tiempos de su primitividad, debido al hecho de que el AT profetiza el Cristo que murió y resucitó según las Escrituras (1 Corintios 15.3ss.). Nosotros, personas cristianas, creemos en las promesas contenidas en el AT, no porque esta parte del canon nos puede dar explicaciones históricas precisas de los orígenes del mundo hasta los días actuales, sino porque el AT se constituye como un primer bloque de la Escritura Sagrada que ha dado las profecías, consecuentemente cumplidas en el NT. El AT, y aquí destacamos el libro del Deuteroisaías, es el testimonio de la fase preliminar del testimonio del Cristo que, al encarnarse, anuncia el cumplimiento de lo que había sido profetizado y prometido en la antigua alianza.24 Un ejemplo clásico de esta premisa es la cita extensa que hace Jesús referente al texto de Is 53 en el NT, y que nosotros leemos como resumen del texto en Lc 4,21, donde el evangelista registra: “Entonces, pasó Jesús a decirles: hoy se ha cumplido la Escritura que acaban de escuchar”.25 Este entendimiento del AT queda marcado a lo largo de todo el NT, desde la tradición prepaulina; o sea que esta actitud hermenéutica es muy antigua, pues ella postula que el evento de la cruz y resurrección de Cristo se confirmó conforme a las Escrituras (1 Co 15.3ss), y recorre lo más reciente del NT con algunas advertencias significativas.26
Presentamos esta argumentación con la intención de señalar que la salvación tiene esta dimensión más trascendente, y que el AT está de acuerdo con ella; pero la noción de salvación y esperanza en el mundo contemporáneo pasa por una gran situación de orfandad. Esta orfandad salvífica se evidencia en los grupos de personas que son víctimas del hambre, la falta de atención médica en nuestra red pública de salud, en la violencia y en el crimen que vemos y vivimos en nuestra cotidianidad. De la misma forma, podemos decir que el pueblo de Dios vivió tales circunstancias en los dos exilios, sea en el de Egipto o en el de la Babilonia, en condiciones de esclavitud humillantes. Otro ejemplo es el de las personas torturadas durante la dictadura militar que hasta hoy no han recibido la debida justicia. En nuestro continente latinoamericano, los pobres, víctimas de la injusticia y de la miseria, claman continuamente por salvación realmente concreta.27
La violencia se ha expandido y ha dejado sus víctimas. Los países en desarrollo sufren con el descaro internacional, porque los países desarrollados solo saben explotar a los pobres y matar su esperanza de salvación concreta. La imagen de un mundo globalizado que puede salvar a las personas de la miseria ha sido proyectada hacia dentro de nuestro continente, y ha alentado falsas esperanzas mesiánicas. En este escenario de grandes promesas salvíficas, las iglesias no tienen más el monopolio de esta categoría escatológica; la política y la economía también prometen salvación a sus fieles. Las teologías de la prosperidad venden la salvación inmediata, sea por medio de curas, logros financieros, acumulación de dinero, milagros, etc. Mientras tanto, ¿cual es la noción de salvación y esperanza que podemos apreciar en el texto del profeta aquí estudiado?28
Hacia una espiritualidad comunitaria y la restitución de la justicia
Desde la cosmovisión del AT, la salvación y la esperanza mesiánica son categorías que ganan un tono colectivo. El anuncio de la salvación mesiánica es todo el pueblo de Israel. Esta proposición se confirma con una palabra del Deuteroisaías que argumenta lo siguiente: “Escúchenme, corazones indomables, mi justicia yo la torno próxima, ya no está lejos, y mi salvación ya no más será retardada; yo le daré en Sión la salvación, a Israel daré mi esplendor”. Entonces, aquí vemos que la salvación y la esperanza mesiánica pertenecen a toda la comunidad de fe. En esta dimensión, Dios opta por la colectividad de los pobres sin justicia que está siendo explotada en pleno exilio (Sl 12.5). El modelo y estilo salvífico de Iahweh es el de restitución de la justicia, reintegración de su pueblo a la vida digna; en la comunión comunitaria está presente su perdón universal. Podemos comprobar la argumentación de Brakemeier en este sentido:
En la Biblia, la opción preferencial por los pobres emana fundamentalmente de una visión comunitaria de la sociedad. Esta no es “masa”, y sí, “familia de Dios” (cf. Ef 2.9), en la que todo miembro tiene y debe haber resguardado su lugar. El cuerpo se autodestruye cuando permite la amputación de sus miembros. Por eso, el evangelio se destina preferencialmente a los sufrientes. Dios pretende la salvación de su pueblo entero, sin ninguna pérdida.29
Con esta perspectiva, la espiritualidad profética que encontramos en el texto del profeta Deuteroisaías es una espiritualidad comunitaria, solidaria, mesiánica y llena de esperanza en la posibilidad de la construcción de un mundo mejor, más justo y fraterno. Si en los días actuales el híper individualismo habla fuerte, tenemos en la profecía deuteroisaiana la denuncia de que los pobres son masacrados y el sistema imperial capitalista está crucificando a las personas de bien. El trabajo esclavo está haciendo sufrir al pueblo pobre y el dios capital es el ídolo de los poderosos. Sin embargo, no nos quedamos nada más en el campo de la denuncia. Es hora del anuncio esperanzador y mesiánico para el pueblo de Dios. Para nosotros, comunidad cristiana, las profecías se han cumplido en el Siervo Justo Sufriente, a saber, Jesús, el Cristo que inauguró el Reino de Dios y proclamó la buena noticia dirigida a los pobres y marginados, víctimas de la injusticia generada por la concentración perversa del capital (Mt 11.5).30
La comunidad cristiana, en este tiempo del exilio de incertidumbres, tiene la oportunidad de abrir las Escrituras y ser interpelada por el mensaje de esperanza y mesiánico del profeta y su comunidad, mensaje que nos incita a predicar la vida digna a los excluidos que son los que más sufren dentro de este sistema perverso en el que vivimos. El Reino de Dios es la gran esperanza con sus acciones de solidaridad; por eso, de manera concreta participemos como comunidad cristiana cooperando con los pobres para enfrentar junto con ellos las angustias. Este es el proyecto mesiánico del Reino: anunciar la esperanza de la construcción de un mundo mejor, un mundo más justo e igualitario. Fue eso lo que hizo el profeta junto a su comunidad de personas exiliadas, al proclamar la liberación de la esclavitud con el nuevo éxodo, ante la incertidumbre del futuro regreso a Sión (Isaías 55.12-13).31 Entonces, creemos que para nosotros, la comunidad cristiana, queda la gracia de vivir esperando y obrando en la fe, en un mundo repleto, ecuánime y comunitariamente más humano contra todos los desniveles de clases, que generan grandes incertidumbres y desesperanzas; y un tiempo repleto de crisis catastróficas, pues la esperanza mesiánica nunca nos decepcionará, porque un día, aunque no sabemos cuál, el Reino irrumpirá en su totalidad mesiánica (Rm 4.18; 5.5).
A MODO DE CONCLUSIÓN
Hemos dilucidado algunos axiomas teológicos muy importantes para nuestro perergrinaje de fe. Algunas dimensiones de estos saltan a la vista, desde el anuncio profético del texto deuteroisaiano, tales como la esperanza, la justicia y la espiritualidad solidaria. Estos tres elementos son suficientes para resumir nuestra reflexión.
Sobre la esperanza, afirmamos que ante tanta desesperanza vivida por el pueblo sufrido en el tiempo del exilio, el profeta Deuteroisaías y la comunidad reanimaron al pueblo con la esperanza de su retorno a Jerusalén, pues anunciaron para el pueblo exiliado el ocaso del sufrimiento del sitio. En este movimiento, percibimos que el mensaje profético tiene el poder de fortalecer la fe y la voluntad de continuar viviendo entre las personas exiliadas que no tenían más razones para mantenerse esperanzadas y vivas. Pues estas personas se encontraban cansadas y débiles (Isaías 40.29; 42.3), esclavizadas, despojadas, saqueadas y perseguidas (Isaias 42.7-22; 47.6; 50.6), humilladas y despreciadas (Isaias 53.3), viviendo en una situación de indigencia plena (Isaías 41.17; 49.13; 55.1-2). El profeta y la comunidad actuaron para dar esperanza a estas personas desesperanzadas. El profeta y la comunidad, hicieron memoria de la liberación ocurrida en el éxodo egipcio y señalaron que Iahweh es el Dios liberador, Señor de la historia, y fiel a sus promesas dispensadas a su pueblo. Es este mismo Señor quien por la fe camina junto y da esperanza de días mejores al pueblo sufrido de Latinoamérica, que es estimulado a hacer memoria de sus hechos diariamente, en su lucha por liberación de las estructuras de pecado social.
El segundo elemento de resumen es la justicia. Percibimos que una de las misiones del profeta y de la comunidad era anunciar la praxis de la justicia. La justicia para el Deuteroisaías y la comunidad, conforme el segundo cántico del Siervo Justo Sufriente, animaba al pueblo a organizarse en medio de todo aquel sufrimiento en el que vivían la fuerte opresión del exilio. Esta justicia era un factor que debería encarnarse urgentemente en la vida del pueblo, por medio de un proyecto de una nueva sociedad, sociedad ésta donde la justicia, los derechos y la igualdad se tornaran prioridad para que aconteciera la liberación y el bienestar de todo el pueblo de Dios. En nuestro mundo contemporáneo, creo y pienso que la Iglesia tiene la tarea de continuar luchando por la realización de la justicia del Reino. Sabemos que esto en muchos momentos causará un choque frontal con el sistema injusto en el cual vivimos la nueva alianza del Trino Dios. Esta alianza con su pueblo requiere de la persona cristiana una postura ética basada en el amor. Tenemos conciencia de las dificultades de vivir esta alianza. Sin embargo, por la fe, la esperanza y el amor, podemos confiar que la realización del proyecto de Dios ha de cumplirse, aunque no en su totalidad, sino en parte diariamente en la vida de su pueblo pobre, sufrido y que tiene hambre y sed de justicia.
El último elemento importante es la espiritualidad solidaria. El profeta y la comunidad en pleno estado de exilio estaban unidos en un tipo de oración encarnada en la comunidad de los sufridos que luchaban por la liberación y que siempre confiaban que únicamente el Señor de la historia los podría librar de tal adversidad. En esta comunidad, ellos compartían los dolores, las desesperanzas, la falta de sentido de vivir y ser comunidad del Señor. Sin embargo, se ayudaban mutuamente, compartían las mismas esperanzas y celebraban juntos sus victorias. Dios llama al profeta y a la comunidad, para animar a todo el pueblo hebreo de modo que experimentaran su amor que en gran parte de su trayectoria en el exilio había sido afectado por un dolor que no quería permanecer en el pecho del pueblo pobre y sufrido. Es aqui donde entra en escena la misión del profeta de la consolación.
En Latinoamérica, la espiritualidad solidaria es un elemento que permanece animando al pueblo de Dios, pues ser solidario es un deber ligado a la noción del reconocimiento de que su hermano y su hermana tienen el derecho a la liberación de la opresión del trabajo esclavo, de las falsas promesas de las teologías alienadoras de mercado y de la idolatría del propio dios mercado. La espiritualidad solidaria es por fe una sumersión colectiva en el camino de la esperanza, sin ignorar las piedras de las desesperanzas que están de por medio en el camino. La espiritualidad solidaria nos motiva a vivir como comunidad cristiana esta teología del nuevo éxodo inaugurado por Jesucristo en la nueva alianza. El Siervo Sufriente de Yahweh ha vencido la muerte y nos da fuerza para construir un mundo mejor, pues él siempre está con su Iglesia, aún ante las situaciones de fuerte opresión, como por ejemplo el exilio que el capitalismo injusto impone sobre la vida de aquellas personas que son diariamente victimizadas por este sistema perverso que llega a las rayas de volverse la religión universal de los pueblos.
En conclusión, el estudio de la profecía deuteroisaiana nos ha dejado varios elementos valiosos para vivir mejor la vida de fe comunitaria y nos reanima a mantener la esperanza viva y liberadora traída por nuestro Señor Jesucristo, portavoz de la buena noticia de parte de Dios para todos los pobres, hambrientos y sedientos de justicia. Es por esta esperanza, que no niega la presencia de las desesperanzas en la vida moderna, que concluimos que el profeta Deuteroisaias y la comunidad ejercieron su misión en el exilio babilónico de anunciar la esperanza, la liberación, la práctica de la justicia y de la solidaridad, tomados de una espiritualidad encarnada. Que esta profecía, que nos lleva hasta el pasado del exilio, hable siempre a nuestros corazones, sin quitar nuestros pies de la tierra del tiempo presente, y nos anime a nutrir un tipo de esperanza que nos lleve siempre a continuar la construcción un mundo mejor, más fraterno e igualitario, que es nada más un escalón para afianzar el camino del futuro sin olvidarnos de enfrentar las crisis del presente con la fe de Jesucristo.
REFERÊNCIAS
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- BENJAMIN, Walter. O Capitalismo como Religião. São Paulo: Boitempo, 2013. p. 22. ↩︎
- MASCARO, Alysson Leandro. Filosofía do direito. São Paulo: Atlas, 2010. p. 282. ↩︎
- MO SUNG, Jung. A idolatría do capital e a morte dos pobres: uma reflexião teológica a partir da dívida externa. São Paulo: Paulinas, 1989. p. 118. ↩︎
- IECLB. Igreja Evangélica de Confissão Luterana no Brasil. Plano de Educacão Cristã Continuada (PECC). São Leopoldo: Sinodal; Porto Alegre: IECLB, 2011. p. 37. ↩︎
- JAPÍASSU, Hilton; MARCONDES, Danilo. Dicionário básico de filosofía. Rio de Janeiro: Jorge Zahar, 2009. p. 250. Adam Smith (1723-1790) Filósofo y economista escocez, profesor en la Universidad de Glasgow, considerado el fundador de la economía política liberal en razón de su investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones (1776). Creía en una “mano invisible” que regularía el funcionamiento del mercado económico, haciendo que la economia se auto ajustara. ↩︎
- HEYWOOD, Andrew. Ideologías políticas: do liberalismo ao fascismo. São Paulo: Ática, 2010. v. 1. p. 60. ↩︎
- MO SUNG, 1998, p.118. ↩︎
- MO SUNG, 1998, p.122. ↩︎
- MO SUNG, 1998, p.122. ↩︎
- MO SUNG, 1998, p. 122-123. ↩︎
- SERGE, Latouche. O decrescimiento e o sagrado. Cadernos IHU Iéieas, São Leopoldo, ano 10, n. 168, 2012. p. 4. ↩︎
- CROATTO, 1998, p. 118. ↩︎
- BÍBLIA SAGRADA. Edição Pastoral. São Paulo: Paulus, 2004. p. 988-989. ↩︎
- BÍBLIA SAGRADA, 2004, p. 989. ↩︎
- MO SUNG, Jung. Deus em uma economía sem coração pobreza e neoliberalismo: um desafío à evangelização. 2. ed. São Paulo: Paulus, 1992. p. 139. ↩︎
- PERONDI, Ildo. Espiritualidade cristã na pós-modernidade. Cadernos Teologia Pública, São Leopoldo, ano V, n. 41, 2008. p. 6. ↩︎
- PERONDI, 2008, p. 7. ↩︎
- GUTIÉRREZ, Gustavo. Onde dormirão os pobres? São Paulo: Paulus, 2003. p. 39-40. ↩︎
- THEOBALDO, Christoph. As narrativas de Dios em uma sociedade pós-metafísica: o cristianismo com estilo. Cadernos Teologia Pública, São Leopoldo, ano VIII, n. 58, 2011. p. 9. ↩︎
- BORTOLLETO FILHO, Fernando (Org.). Dicionario Brasileiro de Teologia. São Paulo: ASTE, 2008. p. 627. ↩︎
- RÖSEL, Martin. Panorama do Antigo Testamento: história, contexto y teologia. São Leopoldo: Sinodal/EST, 2009. p. 204. ↩︎
- RÖSEL, 2009, p. 204-204. ↩︎
- RÖMER, Thomas; MACCHI, Jean-Daniel; NIHAN, Christophe (Orgs.). Antigo Testamento: história, escritura e teología. São Paulo: Loyola, 2010. p. 404. ↩︎
- GUNNEWEG, Antonius H. Hermenêutica doAntigo Testamento. São Leopoldo: Sinodal, 2003. p. 155. ↩︎
- A BÍBLIA SAGRADA, 1993, p. 75. ↩︎
- GUNNEWEG, 1993, p. 155. ↩︎
- BRAKEMEIER, Gottfried. O ser humano em busca de identidade: contribuicições para uma antropología teológica. São Leopoldo: Sinodal; São Paulo: Paulus, 2002. p. 191-192. ↩︎
- BRAKEMEIER, 2002, p. 191-192. ↩︎
- BRAKEMEIER, 2002, p. 198. ↩︎
- PERONDI, 2008, p. 14. ↩︎
- PERONDI, 2008, p. 14-15. ↩︎

