ENTREVISTA

Entrevista al Doctor Ángel Pacheco
El Dr. Ángel Pacheco es médico internista, especialista en diabetes, teólogo y laico católico comprometido. Venezolano radicado en Ecuador desde 2018, ha sido fundador de la Pastoral del Inmigrante Don Bosco, cofundador de Alianza Migrante Ecuador y protagonista de una investigación académica sobre políticas migratorias junto al IAEN. En esta conversación, nos ofrece una mirada lúcida sobre el cruce entre vulnerabilidad, fe e integración en el corazón de la diáspora venezolana.
Presencia Ecuménica (PE) Doctor Pacheco, su perfil une disciplinas poco frecuentes: medicina, teología y activismo migratorio. ¿Podría contarnos su origen, qué lo motivó a establecerse en Ecuador y cómo fue el camino desde su llegada por reunificación familiar hasta convertirse en referente del activismo y la investigación sobre movilidad humana en el país?
Ángel Pacheco (AP): Me llamo Ángel Pacheco, soy médico venezolano, natural de Maracay, estado Aragua. Vivo en Ecuador desde noviembre de 2018; este año cumplo ocho años junto a los hermanos ecuatorianos. Los primeros meses los dediqué a la familia, pues mi esposa e hijos ya estaban radicados aquí. Lo mío fue, más que una migración, un proceso de reunificación familiar.
Sin embargo, a partir de 2019, cuando comenzó la gran oleada de venezolanos huyendo hacia los países vecinos, me vi interpelado a actuar. Iniciamos una fundación llamada Hermandad Latina, que no perduró mucho tiempo, pero me abrió las puertas para asociarme con las instancias de atención social de la Iglesia Católica, especialmente con los Hermanos Salesianos. Con ellos edificamos la Pastoral del Inmigrante Don Bosco, adscrita a la Arquidiócesis de Quito. Esa pastoral ha sido un espacio muy activo, aunque hoy está bastante disminuida: la misma dinámica migratoria ha hecho que muchos de sus integrantes hayan reemigrado, un fenómeno que merece estudio propio.
En enero de 2020, con motivo del Foro Mundial de la ONU sobre Seguridad y Migración, celebrado en Quito, las distintas instancias de la vida migrante en Ecuador decidimos reunirnos desde septiembre de 2019 para hacer oír la voz del migrante. Organizamos el Foro Alternativo “Nada sobre migrantes sin inmigrantes” en las instalaciones de CIESPAL, con apoyo de organizaciones religiosas católicas, evangélicas y de atención al migrante. De ahí nació la iniciativa de crear Alianza Migrante Ecuador, cuya reunión fundacional se celebró en mi propia casa, con Eduardo Baldeón, dirigente de los movimientos de ecuatorianos retornados, el profesor Aníbal Seija como representante de la Pastoral Don Bosco, y el Dr. Alfredo Romero por parte de Migrante Universal. Contamos también con el apoyo de la Misión Scalabriniana, el GIZ, la OIM y el Servicio Jesuita para Refugiados. Para finales de 2020 ya existíamos como corporación de facto, y en 2023 obtuvimos personalidad jurídica ante el Estado ecuatoriano. En los últimos años me he dedicado más al ejercicio privado de la medicina, a la atención directa de la comunidad venezolana en Quito, y al trabajo académico. Junto a la antropóloga ecuatoriana Dra. Daniela Celleri hemos participado en estudios con el Instituto de Altos Estudios Nacionales del Ecuador (IAEN), donde elaboramos propuestas de política migratoria.
PE: Su formación une el cuidado de la vida física con la reflexión teológica. En el contexto de la movilidad humana, donde muchos llegan con heridas tanto corporales como existenciales, ¿cómo se complementan estas dos disciplinas para ofrecer una acogida que no solo atienda la emergencia médica, sino que también restaure la dignidad espiritual del migrante?
AP: Cuando uno migra, no sabe qué será en el país de acogida. Nadie te espera; no existe tiene un nicho reservado para ti. Hay que empezar desde cero. Yo, en los primeros años en Ecuador, decidí conscientemente no ejercer la medicina. Me dediqué, con el apoyo de mi familia, al acompañamiento y la asistencia directa a quienes llegaban: aquellas oleadas de 2019 a 2022 de migrantes completamente desposeídos, incluso más vulnerables que la propia población receptora, que ya de por sí enfrenta carencias importantes. Ecuador es un país con una economía pequeña y un gobierno con recursos limitados para atender a su propia ciudadanía. A ese panorama se sumó la llegada, entre 2019 y 2022, de unos 600.000 venezolanos, poniendo al máximo las capacidades de respuesta del Estado. Nadie está preparado para el proceso migratorio; uno aprende haciendo. Yo no sabía que tenía aptitudes para el trabajo diplomático, la investigación o la atención de necesidades no médicas. La pandemia de 2020 agudizó todo: la migración, que ya era un problema serio, se volvió una emergencia compuesta.
En cuanto a la relación entre medicina y teología, debo ser honesto: en Ecuador no he escrito teología ni la he enseñado formalmente. Lo que he hecho es vivirla. El padre José Manuel, en sus clases, hablaba de la “praxis encarnada”. Carl Schmitt señalaba que la teología política es aquella en que el Evangelio solo puede aplicarse desde la acción. Eso es exactamente lo que ocurre en la movilidad humana: el encuentro entre el quehacer teológico y la satisfacción de necesidades concretas. La medicina y la teología no son ocupaciones; son herramientas, muy válidas, para acompañar a quienes se enfrentan a situaciones límite, cuyas respuestas muchas veces no están en nuestras manos y nos interpelan como creyentes a todo nivel. La migración me convirtió en un experto en acompañamiento en movilidad humana sin que yo lo hubiera elegido. Le doy gracias a Dios por esa oportunidad.
PE: Usted ha señalado que el 90% de los venezolanos en Ecuador no son simples turistas, sino «refugiados económicos» que huyen para no morir. Desde su experiencia, ¿cuáles son los vacíos más críticos en el sistema de protección actual y cómo afecta esta visión tergiversada del Estado el acceso a derechos fundamentales como la salud especializada?
AP: La Constitución ecuatoriana es, en teoría, bastante garantista: reconoce a todos los ciudadanos, sean extranjeros o no, independientemente de su estatus legal, los mismos derechos. Incluso consagra el principio de ciudadanía universal. Sin embargo, en la práctica, el acceso a los servicios de salud más allá de la atención de emergencias está condicionado a la presentación de un número de cédula. Y durante mucho tiempo, la mayoría de los migrantes venezolanos no tenía documento alguno, pues permanecieron en situación irregular.
Eso significa que acudir a urgencias no era un problema, pero incorporarse al sistema de salud para recibir atención integral, de seguimiento o especializada, sí lo era. Esta limitación afectó especialmente a los grupos familiares numerosos, que es la característica principal de la migración venezolana: no vino el individuo solo a preparar el terreno para traer a su familia; vinieron juntos el esposo, la esposa, los hijos, y a veces un anciano con enfermedades crónicas.
Las organizaciones de cooperación internacional y las fundaciones civiles suplíamos parcialmente esa carencia. Los procesos de regularización a través de las visas VIRTE y VERHU, a partir de 2019, representaron una mejora importante; pero desde hace aproximadamente dos años, la mayoría de las agencias de cooperación internacional han dejado de estar presentes en Ecuador, y los mecanismos de excepción humanitaria han desaparecido. Quien no se regularizó durante esa ventana, difícilmente podrá hacerlo ahora por una vía especial. El problema de fondo sigue siendo el mismo: el acceso real a la salud queda truncado por la ausencia de documentación.
PE: A menudo se confunde la asistencia humanitaria con la integración real. Usted ha señalado que Ecuador permanece aún en una fase de «acogida» y que la integración sociocultural es casi nula. ¿Qué pasos concretos deberían dar las iglesias y la sociedad civil para pasar de una caridad asistencialista a una verdadera inclusión que valore el capital humano y profesional del migrante?
AP: Esta es una pregunta que me duele responder con honestidad, porque mi respuesta es desalentadora. Sí es cierto que algunas instancias religiosas, tal como las órdenes salesianas, los escalabrinianos, los luteranos, ciertas iglesias evangélicas de envergadura, hicieron aportes importantes en la atención de la emergencia migratoria de 2019 y 2020, especialmente durante la pandemia. Pero el proceso de asimilación e integración es otra historia. La iglesia ecuatoriana, en términos generales, no ha comprendido todavía que la fe no tiene fronteras y que el migrante también necesita acercarse a su vivencia espiritual. En la sierra ecuatoriana, por razones culturales, el recién llegado es visto con recelo. No existen mecanismos reales de integración a los espacios de oración y apostolado. Yo mismo, que participo activamente en estos procesos, puedo testificar que integrarse a grupos eclesiales es muy lento y difícil. La iglesia ecuatoriana tiene una deuda enorme en el testimonio de apertura y acogida real al migrante.
Hay algo que me parece especialmente significativo: en los años que llevo viviendo en este país, no conozco ninguna declaración del Episcopado Ecuatoriano sobre la movilidad humana. Si no lo hicieron cuando el fenómeno era notorio y visible, menos lo harán ahora que la atención pública ha disminuido. Y, sin embargo, lo que se impone hoy es construir mecanismos de integración para los cerca de 400.000 venezolanos y otras nacionalidades que hemos decidido vivir aquí. Ese es el reto pendiente, y la iglesia tiene un campo de misión enorme que aún no ha asumido.
PE: Como laico comprometido y teólogo, usted practica la «teología del otro». Ante el aumento de discursos de rechazo o xenofobia en las sociedades receptoras, ¿cuál es la misión profética de la Iglesia hoy para deconstruir los estigmas sobre el extranjero y fomentar una convivencia basada en el principio de ciudadanía universal?
AP: La misión profética es reconocer en el hermano el rostro de Cristo. Mateo 25 lo dice con claridad: «Cuando te vi forastero, te acogí; cuando te vi desnudo, te vestí; cuando te vi hambriento, te di de comer». Esa es la visión profética de la Iglesia. Pero la praxis, muchas veces, no se orienta en ese sentido. Los entornos eclesiales tienden a ser cerrados, y el acceso a sus espacios es limitado.
El migrante encarna la síntesis de todas las vulnerabilidades: tiene violados casi todos sus derechos, incluyendo los derechos espirituales y el derecho a la integración. La espiritualidad también es un derecho. Y el Estado ecuatoriano nunca reconoció al venezolano como refugiado ni como objeto de protección internacional; lo redujo a las categorías de turista o migrante ordinario, negando la categoría del «refugiado económico», de quien huye para no morir.
El gran desafío actual de la Iglesia en Ecuador es dejar de pensar en la «atención inmediata al migrante» y comenzar a construir puentes de integración real para casi medio millón de venezolanos y un número similar de colombianos que ya habitamos este territorio. Las iglesias viven encerradas en sus grupos de influencia, y sus liderazgos no están dispuestos a abrir esos espacios. Ese enclaustramiento es contrario al Evangelio. La hospitalidad radical no es una opción pastoral; es una exigencia del seguimiento de Cristo.
PE: Muchos profesionales venezolanos altamente calificados terminan en la economía informal o en trabajos precarios debido a las barreras administrativas. ¿Cómo puede el proceso de regularización migratoria transformarse en un mecanismo efectivo de inserción productiva, permitiendo que especialistas, como usted, aporten plenamente al sistema de bienestar del país de acogida?
AP: El problema de la regularización en Ecuador es que tiene únicamente un alcance legal: te otorga acceso a ciertos servicios públicos en las mismas condiciones que el ciudadano ecuatoriano, con sus calidades y sus carencias, pero no garantiza en absoluto el acceso al trabajo. La economía ecuatoriana es pequeña; las facilidades para la homologación de títulos son escasas y los procesos, lentos. Tener los documentos en orden no significa tener trabajo.
El principal obstáculo para el profesional migrante en Ecuador no es la regularización, sino la edad. Ninguna empresa contrata a una persona mayor de 40 o 50 años, sin importar cuán calificada esté. En Europa es común ver a personas de 60 o 70 años en puestos de atención al público o ejerciendo profesiones liberales. Aquí eso simplemente no ocurre. A quien supera esa barrera de edad solo le queda el ejercicio privado.
Hay otro factor determinante: el mercado laboral ecuatoriano no funciona por currículum ni por concurso de méritos, sino por redes de contactos. Me lo dijeron al llegar, y lo he comprobado en primera persona: aquí te da trabajo quien te conoce, independientemente de tu situación migratoria. Para muchos empleadores, la legalización del título es irrelevante si el trabajador les resulta útil. Eso explica por qué hay médicos venezolanos integrados al sistema sin haber homologado sus títulos. La regularización abre puertas simbólicas; las puertas reales las abre la red de confianza.
PE: Para los lectores de Acción Ecuménica, que ven en la unidad un signo de esperanza: ¿cuál es la estrategia que emplea Alianza Migrante Ecuador como espacio de encuentro? ¿En qué proyectos o redes de colaboración entre distintas iglesias y organizaciones ha visto los frutos más claros de solidaridad? ¿Qué mensaje le daría a quienes hoy caminan por el continente buscando un nuevo hogar?
AP: Alianza Migrante Ecuador nació con un principio fundacional muy claro: nada sobre migrantes sin la voz de los migrantes. Somos una organización de incidencia política, no de asistencia directa. Nuestro rol es ser una voz común ante los organismos del Estado ecuatoriano que tienen competencia en política migratoria, y ser un espacio de articulación para que quienes sí prestan ayuda directa puedan acceder a los espacios de decisión con una representación política unificada.
Los migrantes en Ecuador tenemos los derechos políticos suspendidos: no podemos votar ni participar formalmente en la vida política del país, aunque estemos regularizados. Pero como organización sí podemos tener presencia y voz. Eso es lo que hacemos: convertir la pluralidad de voces migrantes en una sola voz articulada ante quienes toman decisiones. No somos la única voz de los migrantes en Ecuador, pero somos una voz que se escucha en los entornos políticos donde se definen las reglas de la movilidad humana.
A quienes hoy caminan por el continente buscando un nuevo hogar les diría esto: la migración les va a exigir más de lo que imaginan, pero también les va a dar más de lo que esperan. Les va a revelar capacidades que no sabían que tenían. Les va a poner ante situaciones que ningún libro prepara. Y en ese camino, la fe, esa fe que no tiene fronteras, será el sustento más sólido que encontrarán. No están solos. Y su voz importa.

