SENTIRPENSAR
EL CIRINEO
Por Diógenes Molina Castro.
I
En el duro ascenso, el ayudante ansioso le comentó al maestro, aún venía detrás de ellos la turba.
Entre ellos, el jadeo y el cansancio debido a la pesada carga. El ayudante le comentaba, intentando comunicarse entre los gritos de injuria de la chusma:
—Maestro, no hay, no habrá, ni ha habido hombre alguno digno de este privilegio; no lo merezco…
Y continuó diciendo:
—Pero, ¿cuándo ellos te rescatarán? ¿Cuándo empezaremos la batalla? ¿Dónde están ellos, los que convocaron a nuestros sabios reyes del Oráculo de Shiva, el oasis más sagrado del mundo, donde fueron rechazados el faraón Akhenatón, al que llamaron los esclavos Abraham; el Grande Alejandro, ¿el fuerte Heracles? Allí solo tu cabeza fue ungida de oro, aceite, incienso y mirra…
Mientras levantaba sus fuertes brazos para cubrirse y cubrir al maestro, clamó el discípulo con angustia:
—¿Por qué no atacan los que les ordenaron a nuestras caravanas saharaui que vengan a descansar en mi bella Cirene, en el camino que viene de Se faria y de Hispania, del Sahara a Etiopía-Saba o a Egipto; luego al Sinaí de los sabios de Judá, de allí hacia la ruta de los hombres que tejen telas con saliva de gusanos, pasando por la tierra de los persas, ¿tejidos de alfombras que vuelan? ¿Por qué no atacan?
El maestro, sangrante el rostro, bajo el rigor de una corona espinada, apenas dijo:
—La batalla ya terminó; ya la batalla ha sido ganada.
II
El látigo resonaba con más fuerza; el dolor y el cansancio rompían toda complexión de aquellos dos cuerpos: la del liviano santo, acostumbrado a la persecución, la oración y el ayuno, y también herían el fornido cuerpo oscuro del gigante berebere, crecido entre arenas, campos, guerras y caravanas de camellos bajo el cielo.
El maestro alzó la vista y le comentó al ayudante:
—¿Es que no es ese muchacho muy alto acaso tu hijo? Y veo que aún es niño todavía. Tiene teñido su cabello de rojo… No te afanes, el que cree en mí no morirá, ni aun después que su cabello llegue a ser del color de la ceniza.
Pero el único discípulo que acompañaba a su maestro, tribulado bajo el acompasado chasquido del látigo, de la tortura y del insulto, no escuchaba. Estaba sordo en su ansiedad y terror, por lo que continuó preguntando:
—Maestro, ¿dónde están aquellos que nos ordenaron traer nuestras ricas caravanas a estas pobres tierras y a esta ciudad de mierda para azotarte? ¿Dónde están los que le anunciaron a la levita: “Lleva el Niño a Egipto”? ¿Dónde están los que le anunciaron a Isabel Ben David, tu prima, su imposible embarazo y el futuro nacimiento de Juan el Esenio? ¿De dónde vinieron? ¿A dónde se fueron?
El maestro respondió:
—Están aquí. No, no te afanes, no puedes distinguirlos. Te dejaré ver aquellos dos, son los Jens que visitaron a Sodoma.
III
Siguió la empinada marcha y continuó el discente:
—A ti, que en Egipto los coptos te aclaman “el Bienvenido”, al igual que los monjes de los monasterios de las montañas Atlas; desde donde trajeron dátiles, los más dulces del mundo, para tu madre en Parto; los saharauis desde Timbuktú; sefardís; cartagineses; los nubios de Sudán; los farachas de Saba-Etiopía; las zabras del Sinaí. Hasta en el paso del Bósforo hay pueblos de color oscuro que te claman… ¿y van a matarte por querer ser Rey de los judíos? Tú, ¿amado hasta por los hombres azules?
El maestro, a pesar del sufrimiento, le miró brevemente y, con una leve sonrisa lúcida, le contestó:
—No me matan por ser el Rey de los judíos; me matan por ser el Rey de los Romanos…
Y ya llegando a lo alto de aquel cerro maldecido, le comentó finalmente a su apóstol:
—Todo lo que aquí sucede ya ha sido dispuesto; a mi pedido, Ellos, y aquel que está allá junto a mi madre y que alguna vez le anunciara mi nacimiento y mi destino, actuarían puntualmente.
Continuó diciéndole:
—Buen amigo, cuando el antiguo reino de la Gran Cirene y su ciudad amurallada, y su abundante oasis, duerman bajo siete codos de arena, y nadie la recuerde como a muchos grandes reinos del pasado; cuando Roma, en toda su extensión, se arrodille ante lo que llamarán mi imagen… mi Padre ha decidido que solo tú, Simón Niger, seas recordado a mi lado, cargando conmigo el Santo Madero con tu hombro y tus manos, elevando el peso doloroso hacia tu cuerpo.
Y tú negra nación será ensalzada y bendecida con el que será en adelante tu nombre: Simón el Cirineo.
Basado en una antigua leyenda etíope.
Nota
En el año 1982, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura —UNESCO— declaró a la ciudad deshabitada de Cirene, en Libia, Patrimonio Cultural de la Humanidad.
En Jerusalén se conservan aún las ruinas de la sinagoga de los judíos cirineos.
Cirene fue una de las más importantes ciudades en comercio del Mediterráneo sur antiguo.

