SENTIRPENSAR
Durante mucho tiempo nos hicieron creer que el poder siempre estaba arriba.
En los palacios.
En los grandes capitales.
En las élites políticas.
En las corporaciones.
En quienes controlan el dinero, los medios o las instituciones.
Y es cierto:
el poder existe.
El poder presiona.
El poder condiciona.
El poder muchas veces impone.
La historia humana está llena de ejemplos donde los poderosos hicieron lo que su fuerza les permitía y los débiles tuvieron que soportar las consecuencias.
Pero la historia también demuestra otra cosa:
ningún poder permanece completamente estable cuando los de abajo dejan de actuar como individuos aislados y comienzan a actuar como comunidad consciente.
Porque ahí ocurre algo peligroso para cualquier estructura de dominación:
la gente empieza a elegir.
Y cuando los de abajo eligen, los de arriba pierden el control.
Eso pasó muchas veces en la historia.
Pasó cuando trabajadores comenzaron a organizarse y exigieron derechos laborales.
Pasó cuando mujeres reclamaron participación política.
Pasó cuando pueblos enteros dejaron de aceptar dictaduras como destino inevitable.
Pasó cuando ciudadanos comunes entendieron que la obediencia no era una ley natural.
Ningún privilegio histórico cayó por generosidad espontánea del poder.
Casi todos fueron limitados porque suficientes personas dejaron de aceptar como normal aquello que nunca debió ser normal.
Por eso hay algo que debemos comprender profundamente:
la resignación es una forma silenciosa de entrega política.
Los sistemas de poder más cómodos no son aquellos donde la gente está satisfecha.
Son aquellos donde la gente cree que nada puede cambiar.
Ahí el ciudadano deja de participar.
Deja de exigir.
Deja de cuestionar.
Y comienza simplemente a sobrevivir.
Entonces la democracia se vacía lentamente.
Porque la democracia no depende solamente de elecciones.
Depende también de ciudadanos capaces de ejercer presión moral, política y social sobre quienes gobiernan.
Pero hoy vivimos en una época peligrosa.
Una época donde muchas sociedades están atrapadas entre el miedo y la polarización.
Donde pensar diferente puede traer insultos.
Donde cuestionar puede generar aislamiento.
Donde las redes sociales convierten el odio en espectáculo permanente.
Donde los ciudadanos son empujados a actuar como tribus enemigas y no como comunidades políticas.
Y mientras la sociedad se divide emocionalmente, los verdaderos centros de poder muchas veces permanecen intactos.
Porque un pueblo enfrentado entre sí es más fácil de controlar que un pueblo que piensa críticamente.
Por eso debemos recuperar algo fundamental:
la capacidad de organizarnos sin odio.
De disentir sin destruirnos.
De participar sin fanatismo.
De defender principios sin convertir al otro en enemigo absoluto.
Porque cuando la ciudadanía madura políticamente, el poder comienza a encontrar límites.
Y esos límites son esenciales.
Ningún gobierno debe sentirse intocable.
Ninguna corporación debe sentirse superior a la sociedad.
Ningún partido debe creer que el país le pertenece.
Ninguna ideología debe colocarse por encima de la dignidad humana.
Compatriotas,
el verdadero poder de una nación no está únicamente en sus recursos naturales ni en sus instituciones.
Está en la conciencia de su gente.
En el momento en que los ciudadanos recuperan la capacidad de pensar, de participar y de actuar colectivamente, incluso los poderes más grandes comienzan a perder el monopolio del relato, del miedo y del control.
Porque toda democracia sana necesita algo más que gobernantes.
Necesita ciudadanos despiertos.
Y la historia demuestra una y otra vez que cuando los de abajo finalmente eligen actuar juntos, los de arriba ya no pueden gobernar de la misma manera.
Catalina Leiva, fb

