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LA ESPIRITUALIDAD COMO ENCUENTRO INTEGRAL DE VIDA:APROPIACIÓN HERMENÉUTICA DEL SALMO 15

LA ESPIRITUALIDAD COMO ENCUENTRO INTEGRAL DE VIDA:APROPIACIÓN HERMENÉUTICA DEL SALMO 15

Aquiles Ernesto Martínez

Introducción

La palabra “espiritualidad” hace referencia a uno de esos temas muy sonados entre los cristianos, pero sobre el que poco se reflexiona, a menos seria y formalmente. Entre los evangélicos la palabra no comenzó a ser aceptada sino hasta hace un par de décadas, quizá por la naturaleza inconcreta del vocablo y su conexión con grupos ascéticos, la magia y el animismo. En su lugar, preferían un tipo de lenguaje diferente (por ejemplo, “santidad”, “piedad”, “vida en Cristo”, etc.). Mas lo cierto es que las tradiciones cristianas y los seguidores de otras religiones del mundo sí la experimentan de diversas maneras,1 muchas veces sin entender su por qué y para qué y, aún más importante, sin cuestionar la legitimidad de esta a fin de mejorarla. Es decir, para los religiosos la relación profunda con lo sagrado y quizá sus implicaciones para la vida cotidiana, es algo tan natural como respirar el aire puro o caminar.

El término “espiritualidad” (del latín spiritus) se refiere a la condición y la disposición que una persona o grupo tiene con respecto a un conjunto de creencias, actitudes y acciones propias de una vida sintonizada con “lo sagrado”, es decir, con el ser y la voluntad de Dios, especialmente en lo referente a su trascendencia y la realidad inmaterial de la que su esencia está compuesta; después de todo, Dios es “espíritu”. Es esa relación inmanente de los mortales con ese ser superior por medio de la adoración, al igual que con las doctrinas que la hacen accesible al ser humano y dan sentido a la vida en el aquí y el ahora, particularmente en preparación para “la vida eterna” o “en el cielo”. Partiendo de esta idea como trasfondo, “lo espiritual” es aquello opuesto a lo terrenal o físico, una especie de realidad interior y subjetiva, muchas veces hasta contrapuesta a la exterior y objetiva. Otros ven a la espiritualidad como “la práctica de la virtud”, sea como concreción de esa realidad abstracta, como un esfuerzo humanista por darle sentido a la vida o aun como algo contrario a la idea de Dios.2 La forma más extrema de la espiritualidad la vemos en el ascetismo contemplativo.

Para personas de fe cristiana, todas estas definiciones no son problemáticas en sí mismas o mutuamente excluyentes. Son elementos del DNA de la fe y epistemología cristianas, que necesitan articularse con mayor precisión sobre la base de sus respectivos justificativos.

En la práctica eclesial, sin embargo, la manera como estas definiciones se viven y la falta de integración entre los elementos que las conforman, dejan mucho que desear. Un sin número de cristianos (que se definirían como “espirituales” o por alguna expresión parecida) tiende a separar o minimizar la relación mística con lo sagrado de la práctica de la virtud, por no mencionar lo político, lo económico, lo cultural, lo sexual, etc. Así, por ejemplo, se le da más importancia a la vivencia de la fe que aliena al creyente del mundo, como resultado de una visión intimista y abstracta de Dios, la cual es a su vez legitimada por una lectura concordista de la Biblia, las tradiciones eclesiásticas y la razón. Esto trae como consecuencia que el desarrollo de las virtudes morales en el tratamiento del prójimo se convierta en algo ajeno al imaginario divino o un tema periférico. De hecho, existe una especie de desdoblamiento intimista – principalmente en el culto de adoración y los llamados “avivamientos” – que lleva a muchas “almas” a trasladarse momentáneamente (en éxtasis o profunda concentración) a un ámbito intangible, inaudible, inodoro, insípido e invisible, donde presuntamente Dios está para ser alabado. Los ritos y los símbolos ayudan a crear un clima de evaporación entusiasta y colectiva en la que se busca y se “encuentra” a Dios, y en el que además hasta se purgan emociones acumuladas y reprimidas – experiencia muchas veces catalogada como “un toque del espíritu”. Este dualismo es notorio en muchos grupos pentecostales y algunas corrientes carismáticas dentro de las iglesias evangélicas e históricas, tanto en la América Latina como en las comunidades hispanas en los E.U.A.

¿Más es esta “la verdadera” espiritualidad o un énfasis desmedido y contraproducente en uno de sus rostros? ¿Por qué la dicotomía entre “el otro mundo” y “este mundo”? A la final, ¿dónde realmente está Dios? ¿Cómo, dónde y cuándo podemos encontrarle? ¿Y cómo podemos saber que le hemos hallado? ¿En los ritos, en el templo, en un día especial durante la semana? ¿O es que acaso existen otras mediaciones más objetivas y prioritarias?

Como tantos otros textos en la Biblia, el Salmo 15 se opone a una concepción escapista de la fe en Dios, proponiendo poética y contextualmente un relacionamiento alternativo e integral en el que lo sagrado y lo profano confluyen casi a la perfección. Como expresión literaria enmarcada dentro la historia, los sentimientos, la teología, la sabiduría y la liturgia de un pueblo enfocado en Dios y la vida,3se ha sugerido que este canto poético, de la tradición Yavista de salmos atribuidos a David (Sal 1-40), contiene un intercambio ritual de palabras entre el sacerdote y los peregrinos que caminan en dirección al templo de Jerusalén para adorar a Dios y tener comunión con Él.4 En este salmo igualmente se establecen algunas cualidades morales que los peregrinos deben reunir como requisito indispensable para que puedan entrar en la casa de Dios.5 La liturgia que el texto presupone y que presuntamente toma lugar en las puertas del templo, quizá como parte de otros ritos,6 muestra la relación estrecha que debe existir entre la vida religiosa y la vida moral.

Mas esta lectura del Salmo 15 no agota su reserva de sentido. Creemos que el mismo se opone rotundamente a aquel tipo de religiosidad que los profetas denunciaron hasta el cansancio y cuyo mensaje llegó a oídos sordos entre los israelitas ritualistas. Para el salmista, releído desde nuestra situación, la espiritualidad es un encuentro integral de vida, en el que la línea divisoria entre lo divino y lo humano, para efectos prácticos, desaparecen. Según él, para llegar a ser “huéspedes de Dios” en su casa, contemplar su rosto y disfrutar de su compañía, los adoradores deben ser primeramente “hospitalarios” con los demás y comportarse como “buenos anfitriones” en su relacionamiento con ellos, particularmente en situaciones comprometedoras. Esto se traduce en no maltratarles o aprovecharse de ellos y hasta defender su causa contra quienes les abusan. La espiritualidad es, entonces, sinónimo de integridad, entendida como una vida en la que no falta nada y en la que se cumplen con todas las responsabilidades de un proyecto de vida. Es vivir la fe de manera completa; es decir, conectada con Dios y con la realidad social de nuestros prójimos. Es encuentro con Dios que se concreta en el encuentro con la otra persona, particularmente con los más vulnerables de la sociedad.

Religiosidad y desencuentro

Por razones que no vienen al caso ahora detallar, en tiempos veterotestamentarios muchos israelitas creían que la adoración a Dios debía llevarse a cabo en un lugar designado para ello, fuera en un sitio especial al aire libre, en el tabernáculo o en el templo. El pacto con Dios en el monte Sinaí y sus respectivas renovaciones así lo hacen ver. Pero en la medida que pasaba el tiempo, se incurrió en un extremo y se perdió de vista la esencia de la adoración como servicio integral; es decir, a Dios y al pueblo marginado. La fe se institucionalizó y perdió su enfoque y rumbo. Los rituales terminaron sustituyendo al Dios de los rituales y sus demandas éticas. Dios, por medio de muchos de sus voceros en el AT, condenó abiertamente la religión ritual que el espiritualismo endosa.7 Ante una problemática parecida, el autor del Salmo 15 responde de una forma concisa, sistemática y persuasiva para contrarrestar y corregir esta distorsión. Cuando pensamos en nuestra propia realidad eclesial, las cosas no han cambiado mucho, y el mensaje de este poema sigue interpelando a sus transgresores y animando a quienes quieren conformarse a sus directrices.

Así pues, descansando en los principios de una teología liberadora y popular en el AT8, el escritor del Salmo 15 busca mostrar las cualidades de aquella persona que es digna de estar en la presencia de Dios para adorar y tener comunión con él en el santuario. Para comunicar este punto a sus lectores, el salmista organiza sus argumentos siguiendo un orden sencillo y preciso: 1) la pregunta: ¿quién puede encontrarse con Dios? (v. 1); 2) la respuesta: quien vive una vida coherente y solidaria con las necesidades del prójimo (v. 2-5b); y 3) la conclusión: una ida bendecida como consecuencia (v. 5c).

La interrogante: ¿quién puede encontrarse con Dios? (v. 1)

A manera de oración, el salmista comienza con un par de preguntas dirigidas a Dios, en las que se le plantea directamente quién realmente califica para estar con Él. Este tema no es nuevo. Buscar el rostro de Dios para disfrutar de su presencia es uno de los grandes ideales y bendiciones en el AT.9 Los destinatarios de estas preguntas, que bien podrían ser quienes cumplen con el perfil detallado en los vv. 2-5, también incluye a aquellos que se conforman con el Dios mediático de “los espacios físicos”, que la mentalidad ritualista sacraliza.10

En estas preguntas, en formato de paralelismo sinónimo, no se condena la búsqueda de “un espacio físico” o aun “geográfico”, en el que podamos y debamos encontrar Dios, por medio de la fe. Tampoco son formulaciones al aire, que parten del no saber cómo entrar al ámbito divino. Ambas recogen el sentir de un pensador preocupado que, sin dejar de creer en ese Dios trascendente, pretende encaminar a sus lectores y nosotros a la verdad, pero sin dejar a un lado el ritual que sus mismas palabras simbolizan.

En la primera interpelación, se le pregunta a Dios quién puede habitar en su “santuario” o “tienda”, lo que no es más que una metáfora referente al templo de Jerusalén. La tienda trae a la memoria la época cuando Dios se hizo presente en medio del pueblo que peregrinaba en el desierto después de su liberación de la esclavitud en Egipto. La segunda interrogante se concentra en “el lugar especial” que Dios seleccionó como su morada en la tierra prometida: “el santo monte”.11 Pero tanto “la tienda” como “el santo monte” son símbolos que median la presencia divina en el pueblo escogido y que a la vez posibilitan el acercamiento humano a Dios, para tener comunión con él en un espacio y momento sagrados. En estas interrogantes de apertura, el énfasis está en la intimidad y la convivencia; es decir, en el encuentro y la prolongación de este. Objetivar a Dios y la relación con Él de esta manera es algo necesario, pero tiene riesgos. Si no somos cuidadosos, podemos caer en un extremo alienante.

La respuesta: quien vive una vida coherente y solidaria con las necesidades del prójimo (v. 2-5a)

Quien formula la pregunta, conoce la respuesta y esta no se hace esperar. Entiende que el tema de entrar al “espacio sagrado” para adorar a Dios y mantener una relación continua y sustancial con ese Dios, no está divorciado de la praxis diaria. Así pues, hablando como si fuera el mismo Dios, el salmista responde a su pregunta de apertura (v. 1) para corregir la mentalidad que divide la vida en dos mundos y los ella herméticamente.

Un estilo de vida completo y consecuente para con nuestros semejantes -, especialmente a favor de quienes son los más vulnerables – es lo que da el pase directo a ese encuentro sagrado con Dios en su morada terrenal (v. 2a). La palabra clave en este versículo es la palabra “integridad” – o traducciones afines del término hebreo.12 Obviamente esto no tiene que ver con “la perfección” como un estado total y absoluto; tal pretensión es un imposible. Pero sí con un peregrinaje y proyecto de vida que nos lleven a pensar en la vivencia total de nuestra moralidad y a añadirle virtudes a fin de completar lo que nos falta. Es algo así como la idea wesleyana de “ir en pos de la perfección.” Literalmente, es un caminar por esta vida que sea intachable.13 Es el insaciable y saludable deseo de querer más y más de lo que es bueno y noble, tal y como lo atestigua el resto del AT.14 Sea como muestra de un carácter puro o fidelidad en el cumplimiento de reglas morales, es conducirse de forma impecable delante de Dios, uno mismo y los demás. Implica también cumplir al pie de la letra con todas las metas y responsabilidades, sobre todo aquellas que cultivan nuestro carácter y tienen como foco el bienestar de las otras personas.

Para el salmista esta conducta completa y por completarse, que no excluye la relación con Dios, sino que la hace real, incluye a otros valores y comportamientos un poco más específicos en el poema. Su autor desglosa un poco este asunto al proveernos de algunos ejemplos conductuales (v. 2b-5b).15 ¿Cómo, entonces, se vive una vida íntegra de servicio a las otras personas como muestra de un acercamiento a Dios que termina encontrándole?

4.1 Practicando la justicia (v. 2b). La integridad de la que el salmista nos habla comienza con el hacer justicia; es decir, con ponerla en práctica.16 Pero para ponerla en práctica hay que entender lo que ella significa y cuál es su antítesis y sus mecanismos; es decir, la injusticia. Disertar escolástica y sofisticadamente sobre la justicia, como mero ejercicio académico, sin que este entendimiento nos lleve a la acción transformadora, es algo que se queda muy corto y, por omisión, fortalece una desequilibrada noción de espiritualidad como la simple adoración intimista. Para parafrasear el sentir de este versículo a la luz del AT, “hacer justicia” es entender y mostrar el amor a Dios y sus demandas por medio del servicio a los necesitados, la defensa de sus derechos y la restitución del bienestar de quienes han sido victimizados, sea por individuos o el sistema.17 Las palabras de Miqueas 6:8 vienen como anillo al dedo para ilustrar este punto: “¡Ya se te ha declarado lo que es bueno! Ya se te ha dicho lo que de ti espera el SEÑOR: Practicar la justicia, amar la misericordia, y humillarte ante tu Dios”. Dios es justicia y aboga a su favor.18

4.2 Viviendo la verdad (v. 2c-3). A la justicia le pisa los talones la verdad expresada en el habla sincera (v. 2c). Dios es verdad y modela la verdad; su palabra es verdad.19 De allí que no puede existir una espiritualidad verdadera cuando damos albergue a la opresión y la explotación, o cuando nuestro discurso parte de y tiene como meta las medias tintas y el engaño, sea en detrimento de otras personas o para el beneficio personal. Mucho menos debe dársele hospitalidad a las mentiras que las instituciones crean y fomentan por medio de sus ideologías. Se requiere, entonces, honestidad con nosotros mismos, como un primer paso, para que lo que es correcto aflore en lo que decimos y la manera cómo nos comunicamos. De la abundancia del corazón habla la boca, nos recuerda Jesús.

Albergar la verdad en el corazón y hablar de ella desde allí (v. 2c), significa también defender el derecho de otras personas y procurar su bienestar. Más concretamente consiste en no calumniar al vecino, no hacerle daño y, además, no aceptar que otras personas le reprochen o desacrediten, particularmente si son inocentes (v. 3).20 Es decir, implica controlar nuestra lengua y exigir que los detractores hagan lo mismo. Es una invitación a no ser partícipe de la difamación, las fabricaciones fantasiosas de evidencia, los chismes o las acusaciones infundadas, e igualmente a adoptar una postura apologética. La persona digna de encontrarse con Dios, ni miente ni permite que otros mientan. Para ser consecuente con la teología de los salmos, rechaza los desencuentros.21 Un curso de acción alternativo y complementario a estas recomendaciones del salmista sería el de articular un discurso que afirme al vecino, siempre cimentado en la verdad y la justicia. Hay que hablar la verdad con amor y afirmar la dignidad humana. Las palabras de Buda vienen al caso: “No mientan sino sean leales. Hablen la verdad con discreción, sin temor y con un corazón amoroso.”

4.3 Presenciando las acusaciones contra los malvados sin hacer nada para impedirlo (v. 4a). Si bien es cierto que las personas dignas de ver a Dios se oponen a quienes mienten injustamente contra el prójimo (v. 3), particularmente el desvalido, también es cierto que, curiosamente, quienes buscan a ese Dios no deben oponerse a quienes mienten o levantan cargos contra los malvados. Es permitir que las víctimas y sus aliados denuncien a sus victimarios, una postura un tanto discriminatoria y entendible sino justificable. A fin de cuentas, ¿quién quiere pronunciarse a favor de quienes discriminan, abusan y explotan, sobre todo a los inocentes, y además se oponen al mismo Dios y sus demandas? El justificativo detrás de este fuerte imperativo parece ser que Dios rechaza a los malvados y, por lo tanto, se espera que sus adoradores sigan su ejemplo.22 Y rechazarlos, entre otras cosas, significa no mostrar solidaridad a su favor. Otra vez, el reto por delante tiene dos frentes unidos por una misma dialéctica: quien busca a Dios para encontrarle debe vivir su espiritualidad en solidaridad con el prójimo y en diametral oposición a quienes les hacen daño. Pese a que no se nos da detalles sobre cómo lograr este cometido, la exhortación no es abstracta en lo absoluto.

4.4 Honrando a quienes creen en Dios y le respetan (v. 4b). Lógicamente, rechazar la condición de vida y acciones de los inicuos y pasar por alto los cargos que en su contra se levantan, implica también enaltecer a quienes “temen” a Jehová, es decir, a quienes, por amor y gratitud a ese Dios, le sirven por fe y se someten a sus dictámenes. Entonces no es solamente asunto de buscar y hallar a Dios en la conducta moral propia, sino también en validar la fe que otros miembros de la comunidad depositan en Dios, la cual se exhibe en el reconocimiento de que Dios es soberano y justo, y que tiene poder para sancionar tanto el comportamiento apropiado como el inapropiado. Entendido de esta manera, el salmista añade un punto más a la teología que sobre este tema se desarrolla en el libro de los Salmos. Temer a Dios resulta en un sin número de bendiciones.23

4.5 Cumpliendo con los votos hechos hasta las últimas consecuencias (v. 4c). Honrar a quienes honran a Dios es una acción hacia afuera. Pero es también necesario honrarse a uno mismo por medio del cumplimiento de los votos personales hechos ante Dios y los demás. Este es el sentir de la ley divina.24 Una persona espiritual, definida de forma integral, cumple con su palabra al pie de la letra y asume las consecuencias de sus decisiones, por muy negativas o radicales que estas pudieran ser. Es coherente y consistente. No se retracta, cambia de opinión o se queja. En su amor, está dispuesto a correr riesgos. Tiene razón el Dalai Lama cuando afirma que, de mano a la compasión y la tolerancia, “el altruismo trae felicidad y calma.”

4.6. Desechando la avaricia (v. 5a-b). La persona digna de encontrarse con Dios en su espacio sagrado no ama el dinero como tampoco se deja controlar por él. Por eso jamás hace préstamos a los necesitados con ánimo de lucro (v. 5a). Para desilusión del sistema económico que propicia el enriquecimiento de pocos a costillas de los muchos, toda la Biblia respalda esta postura “anti-ganancia”.25 Quien quiere ver a Dios, como acto de gratuidad, simplemente da de lo que tiene a quien lo necesita para socorrerlo. Si no da libremente al necesitado o al pobre para asistirlo sin esperar nada a cambio – ya que la caridad es responsabilidad ética – por lo menos le presta dinero sin añadir otra carga financiera, cumpliendo así con los mandatos de la ley mosaica.26 Por otra parte, quien vive la espiritualidad como encuentro de lo divino en lo humano, no se vende al mejor postor para hacerle daño a quien poco o nada tiene (v. 5b). Su consciencia no tiene precio, por lo que no acepta “compensación” o “regalos” en detrimento de otras personas (cf. Pr 6:35). Entiende verdaderamente que hacer justicia, de la que se habló en el v. 2, consiste en no explotar al pobre.27 El rostro de Dios está velado de quienes practican la corrupción pues ésta siempre hunde a los pobres aún más.

La conclusión: una vida bendecida como recompensa (v. 5c)

Existen sanciones para quienes obedecen o desacatan los mandatos humanos o divinos. En cuanto a la espiritualidad se refiere, la misma regla se aplica.28 Quien lleva una vida íntegra de encuentro con el prójimo como expresión de su deseo de encontrar a Dios puede contar con una promesa, casi a manera de premio e incentivo. Tal persona será firme; su fe no caerá jamás. Es decir, en su vida no habrá “desgracia” o “mala fortuna” (Sal 30:7);29 lo que proponga en su corazón, Dios mediante, se logrará.30 Por otro lado, según el Salmo 5:5, “el hombre malo”, por muy religioso que sea, jamás será “huésped de Dios”, pero sí de “la religión” hueca y sin propósito.

Sin lugar a duda, nuestras acciones solidarias a favor de nuestros semejantes son el boleto de entrada al espacio sagrado y permanencia dentro del mismo. ¿Cómo, pues, diferenciar a la espiritualidad como “encuentro con lo divino” del “encuentro con lo humano”, o peor aún, distanciarlas como si una cosa no tuviera que ver con la otra? Tal pretensión es un colosal absurdo.

¿Por qué muchas de nuestras comunidades de fe se empeñan en mantener viva a una espiritualidad tan etérea y suspendida? ¿De dónde viene esta práctica y cuáles son los factores que lo mantienen, fortalecen y propagan?

Responder a estas inquietudes es tan difícil como aceptar a ciegas o con resignación la problemática que tanto el Salmo 15 como nosotros denunciamos y queremos cambiar. Además de ser el legado acrítico de una cultura y teología dualistas, las cuales valoran el alma y lo celestial por encima del cuerpo y lo terrenal, muchas veces avalado por pasajes de la misma Biblia y el modus operandi de las instituciones religiosas, esta “espiritualidad” desconectada de la realidad social, parece funcionar como una válvula de escape – a veces razonable – ante la impotencia de no poder hacer mucho ante el sufrimiento humano y las estructuras que la causan. Cuando no se puede hacer nada ante el pecado en sus multiformes expresiones, es más fácil acudir a ese Dios transcendente para guarecerse debajo de sus alas y solicitar que sea Él que tome cartas en el asunto. Es más fácil “salvar almas” para Cristo a fin de garantizarles la vida eterna y justificar la existencia de la iglesia en estos términos.

A la misma vez, en la vida diaria todo cambia a pasos agigantados, y la práctica de esta fe desbalanceada es lo único que permanece relativamente estable. Muchos creyentes necesitan del solaz de la seguridad que “el encuentro” a-histórico posibilita. En un mundo donde el sentido de pertenencia está en crisis y donde las posibilidades disponibles no llenan los vacíos del corazón, esta clase de acercamiento enfocado sólo en Dios provee de identidad a la gente que de otra manera no sería posible. Compartir en secreto los sueños y las frustraciones en la intimidad con Dios, mediado por los rituales, ayuda a combatir un poco los temores. Además, es en el contexto de la privacidad mística y retirada del resto del mundo donde quizá mucha gente puede ser y actuar como realmente es. Dios los acepta tal y como son; no existe el temor a ser juzgado o rechazado. Y cuando las necesidades sicológicas, espirituales y aun físicas son satisfechas por las respuestas de Dios a las oraciones y dentro de este tipo de ambiente, esta concepción de lo que es la relación con Dios es legitimada y, por tanto, difícil sino imposible de abandonar. Así pues, lo que nosotros llamamos “desencuentro” es, en realidad, lo contrario para ellos.

Sean cuales sean las razones, la ausencia de vínculo con respecto a la vida diaria o el divorcio entre la fe y la moralidad, son asuntos preocupantes, especialmente para quienes miramos a la vida de forma integral y dónde la reconciliación y la armonía con el cosmos son la gran utopía.

Contrario a este síndrome, es Salmo 15 nos recuerda que la manera cómo vivimos nuestras vidas fuera del “santuario”, y lo que allí pudiera suceder, tiene incidencia directa en nuestra relación con Dios. Las ideas de “lo religioso” y “lo profano” se diluyen en el día a día para traer a colación un mensaje contundente y por demás paradójico: ¡Quien se acerca al prójimo por medio del servicio, se acerca a Dios! Con su estilo de vida y enseñanzas, Jesús reforzó este mismo principio.31

Ese acercarse, que es integral en el sentido de ser completo y algo por completarse, lógicamente, no es ni deber ser algo acabado. Es una utopía ético-existencial compenetrada con lo sagrado. Para el salmista significa poner la justicia por obra, vivir la verdad plenamente, ser testigo de las acusaciones contra los malvados sin oponerse a ello, honrar a quienes están comprometidos con Dios, cumplir con los votos o las promesas hasta el perjuicio propio y desechar el amor al dinero. Sin embargo, esta lista no es final. El Salmo 24:3-6 le añade la pureza y el rechazo de la idolatría. Así que, en nuestro esfuerzo por entender contextualmente lo que significa vivir una vida íntegra, necesitamos pensar en cuáles son los elementos morales que deben ser parte de nuestra cotidianidad, sobre todo en la sociedad global y neoliberal en la que vivimos. ¿Cómo vivir la fe en medio de estructuras socioeconómicas, religiosas, políticas y culturales que han reciclado la opresión y la marginalización? ¿Qué hacer, como cristianos, ante el hambre, la corrupción, la guerra, la falta de educación, el desempleo, las migraciones forzadas, el deterioro ambiental, los abusos sexuales y físicos, la falta de acceso a servicios de salud, la discriminación y tantos otros desafíos? ¿Cómo acercarnos a nuestro prójimo para aliviar su dolor en el encuentro sanador y transformador, que nos permite hallar al mismo Dios? ¿Qué proyectos, estrategias y tácticas debemos articular para crear fisuras en las estructuras de injusticia de modo que éstas terminen colapsando algún día? Definida como encuentro de Dios en el encuentro con los demás por medio de una vida intachable de servicio a tan sociedad, ¿qué tan integral es o debería ser nuestra espiritualidad integral? ¿Cuál sería su perfil?

Para el salmista, así como para muchos de nosotros siglos más tarde, la espiritualidad no es incorpórea o teórica, a pesar del neo-ascetismo hermético que muchas modelan. Se da en el accionar motivado por nobles valores, el cual congruente, sustancial, se identifica con quien más sufre y busca su bien cueste lo que cueste. Sucede cuando nos encontramos por medio del servicio. Sólo así podremos entrar a la presencia de Dios para contemplar su rostro, tener comunión con El y morar por largos días. Las palabras de Juan Wesley bien resumen este sentir: “No hagan mal, hagan el bien y permanezcan enamorados de Dios”. Sólo así seremos “perfectos e íntegros”, sin que nos falte nada (Stg 1:4b). Quién así vive la fe “…recibe bendiciones del SEÑOR; Dios su Salvador le hará justicia. Tal es la generación de los que a ti acuden, de los que buscan tu rostro, oh Dios de Jacob” (Sal 24:5-6).

  1. Ver, por ejemplo, J. M. Houston, “Spirituality”, Evangelical Dictionary of Theology, Walter A. Elwell, ed.
    (Grand Rapids: Baker, 1984), 1046-1051. ↩︎
  2. Entiendo que la palabra “espiritualidad”, en un sentido más académico, puede referirse a aquella
    escuela de pensamiento o ideología que busca entender el significado y las implicaciones de la manera
    como los seres humanos se esfuerzan por relacionarse con lo sagrado para mantener y desarrollar su
    identidad en el mundo. ↩︎
  3. Para un estudio introductorio de libro de los Salmos como literatura, ver Valmor Da Silva, “Los Salmos
    como literatura”, Revista de Interpretación Bíblica Latinoamericana, 45 (2003:2) 9-22, Jacir De Freitas
    Faría,“El libro de los Salmos en su contexto literario”, Revista de Interpretación Bíblica Latinoamericana,
    52 (2005:3) 9-23. ↩︎
  4. Algo así como un diálogo anti-fonal o alternado. ↩︎
  5. Mitchell Dahood Psalms 1-50 (NY: Doubleday, 1966), 83; Enzo Cortese y Silvestre Pongutá, “Salmos”,
    Comentario Bíblico Latinoamericano (Estella: Verbo Divino, 2007), vol ii, 643. Sin embargo, en base a lo
    que los vv. 2-5 dicen, los peregrines no son exactamente la audiencia de este salmo sino quienes
    cumplen con los requisitos para morar con Dios (Robert Alter, The Book of Psalms [NY: Norton &
    Company, 2007], 43). ↩︎
  6. Este salmo podría tomarse también como un ejercicio retórico de licencia poética, que bien pudiera
    reflejar algo de la imaginación religiosa de su autor y que no necesariamente refleja exactamente la
    liturgia que se llevó a cabo en el templo. ↩︎
  7. Por ejemplo, Is 1:11; 58:6-7; Jr 6:20; Mal 1:6-10. ↩︎
  8. La situación socio-retórica descrita en este salmo tiene paralelos en otras tradiciones bíblicas (Is 33:14-
    16; Mi 6:6-8), especialmente en el Salmo 24:3-6 (cf. Sal 134). ↩︎
  9. Is 33:14; Mi 6:6. ↩︎
  10. La idea de que el salmista es quien peregrina y que busca llegar a ser huésped es muy limitada
    (contra Cortese y Pongutá, 643). Potencialmente creo que se aplica a todo miembro de la alianza. ↩︎
  11. Cortese y Pongutá, 643. ↩︎
  12. El concepto de “integridad” (que incluye a lo moral y espiritual) es una traducción de la palabra tom, la
    cual comunica la idea de lo que es completo o no le falta nada. A veces se le traduce como “intachable”
    o “sincero”. La palabra apela a la rectitud delante Dios y los seres humanos. ↩︎
  13. Lit. “Quien anda íntegramente o intachablemente” (Gn 6:9; Sal 119:1; Am 5:10), de lo cual tanto el
    hacer justicia como el hablar la verdad son parte. ↩︎
  14. Ver, por ejemplo, Gn 20:6; Jos 24:14; Job 2:3; 27:5; 31:6; Sal 7:8; 101:2. ↩︎
  15. Debido a que este término comunica la idea más amplia de todas las expresadas en ese salmo, se
    podría decir que la idea de “integridad” es, semánticamente y por aposición, explicada en el resto del
    salmo. ↩︎
  16. Dt 1:16; 16:18; Sal 119:138; Is 41:2 ; 42:6. ↩︎
  17. Sal 85:10; 98:9; 103:6; 140:12; 146:4. ↩︎
  18. Is 11:5; 59:17; Sb 5,18. ↩︎
  19. Sal 31:5; 108:4; 119:51; Is 11:5. ↩︎
  20. La construcción hebrea de la última oración en el v. 3 se presta para una interpretación un tanto
    diferente. Según Alter, 44, la idea parece ser que esta persona “no soporta reproche por su vecino
    (cuando este se conduce mal)”. Esto implicaría que, en su integridad, no aceptaría las consecuencias de
    la mala conducta aun de su vecino, clan o familia. El infractor debe asumir su propia culpa. ↩︎
  21. En cuanto a pasajes paralelos sobre el uso de la lengua, ver Salmo 39:2; 73:9. ↩︎
  22. Sal 101:7; 5:5; 24:3. ↩︎
  23. Dios guía a quienes le temen; ellos son felices y su descendencia heredará la tierra. Con ellos Dios
    comparte secretos y de ellos es la alianza. Tienen cordura. Confiar en Dios libera (Sal 25:12-15).
    Quienes confían en Dios se acercan para saber de cómo Dios ha actuado en la vida de los demás (Sal
    66:16). El amor de Dios es eterno e inmenso para quienes le temen; el perdona (Sal 103:11-18). Dios
    les alimenta y se acuerda de su alianza con ellos (Sal111:5) ↩︎
  24. Por ejemplo, Gn 21:23-24;22:16; 24:7, 9; 26:3; Ex 13:5; 32:13; Dt 4:21; Jos 14:9, 1 S 19:6; 20:42; 2 S
    21:17; 1 R 1:17; Is 19:18; 54:9, Jr 51:14. ↩︎
  25. Sobre este tema ver José Miranda, Comunism in the Bible (Maryknoll: Orbis, 1985), 48-56. ↩︎
  26. Ex 22:25; Lv 25:35-37. ↩︎
  27. Dahood, 85, traduce esta última oración como “quien no acepta compensación (i.e. “intereses”) del
    hambriento” (cf. “limpio de dientes” en Am 4:6). La preposición hebrea antes de la palabra “hambriento”
    puede traducirse como “de” o “contra”. Pero cualquiera que sea la traducción correcta, el punto es el
    mismo: una persona con integridad no acepta dinero del pobre o de otra persona contra el pobre porque
    simplemente no quiere empeorar su condición. ↩︎
  28. Ver, por ejemplo, Sal 25:21; 41:12 84:11; Pr 10:9; 11:3; 28:18. ↩︎
  29. Dahood, 85. ↩︎
  30. Curiosamente, el poeta no dice nada respecto a que la persona morará con Dios o no (Cortese y
    Pongutá, 644). La idea parece estar implícita. ↩︎
  31. Mt 5:48; 19:21; Flp 3:12; Col 1:28 ; Stg 1:4, 27. ↩︎

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