ENTREVISTA

ENTREVISTA A LA PASTORA ADALIA GUTIÉRREZ LEE1
En un tiempo marcado por profundas fracturas sociales, migraciones forzadas, crisis humanitarias, violencia de género y búsquedas urgentes de esperanza, la misión cristiana está llamada a revisar sus prácticas, discernir los signos de los tiempos y responder con fidelidad al Evangelio.
La pastora Adalia Gutiérrez Lee, directora de Área de Ministerios Internacionales, comparte en esta entrevista una mirada lúcida y profundamente pastoral sobre la misión integral, la justicia de género, el ecumenismo, la realidad venezolana y los signos de esperanza que siguen brotando en las iglesias de Iberoamérica y el Caribe.
Presencia Ecuménica (PE): Ministerios Internacionales posee un legado que supera los dos siglos de labor misionera en el mundo. Resulta significativo que, incluso en su fundación, hayan participado personas que fueron esclavizadas y que aportaron de manera importante al rescate de otras personas. Es decir, existe una labor histórica de liberación y de apoyo al prójimo.
Desde su perspectiva como directora de Área, ¿cómo logra una organización con raíces tan profundas mantener una lectura actualizada y pertinente de la realidad iberoamericana y caribeña, de modo que su mensaje de fe no solo honre la tradición, sino que responda con eficacia a las fracturas sociales y a las búsquedas de esperanza de nuestras comunidades hoy?
Adalia Gutiérrez Lee (AGL): Gracias por hacer esa pregunta, porque precisamente cuando celebramos los 200 años [Ministerios Internacionales] tuvimos la oportunidad de hacer una evaluación. Como organización con dos siglos de tradición, hemos cometido muchos errores. Y no solamente nosotros como organización. En general, en nombre de Dios, se han cometido guerras, opresión y muchas otras cosas. Por eso, queremos primero sentar las bases de que la misión ya no es de norte a sur ni de oeste a este, sino que realmente Dios se manifiesta en todas las culturas. Dios puede trabajar con nosotros, a través de nosotros y, a veces, a pesar de nosotros. Eso es algo muy importante que necesitamos reconocer: tener la humildad para sentirnos instrumentos de Dios, sabiendo que Dios ya está actuando en cada lugar, independientemente de que nosotros estemos ahí o no.
Por eso, nuestra política de nunca ir a un lugar donde no somos invitados no es meramente una política institucional, sino que tiene un trasfondo misionológico. Es decir, las personas que ya están en esos lugares tienen mucho más conocimiento, amor y compromiso con las comunidades con las que trabajan. Ellas conocen la forma en que están llevando el Evangelio, entendiendo el Evangelio como esa buena noticia de traer el salón de Dios a la vida de las comunidades, de las familias, del país entero y del mundo entero.
También implica el cuidado de la tierra y el cuidado de nosotros como comunidades. Entonces, no vamos a un lugar donde no somos invitados porque nunca queremos trabajar con una actitud de: “yo llego y te digo lo que tienes que hacer”. Esa sería una postura paternalista y asistencialista. Realmente, Dios ya está actuando allí. Lo único que buscamos es apoyarnos mutuamente para ver cómo podemos trabajar juntos.
Creo que esto es muy pertinente cuando hablamos de contextualización, porque no queremos importar modelos, sino nutrirnos de lo que Dios ya está haciendo en cada uno de los lugares donde estamos.
PE: La organización se caracteriza por un enfoque de proclamación y servicio en áreas como salud, educación y desarrollo. ¿De qué manera esta visión de misión integral permite que la iglesia no sea solo una espectadora, sino un actor relevante en el tejido social de nuestras naciones?
AGL: Realmente, la iglesia es el instrumento que Dios está utilizando. Como cristianos y cristianas, somos el cuerpo de Jesucristo. Entonces, si no somos el cuerpo de Jesucristo caminando en medio de todas estas circunstancias, no estamos sirviendo como realmente deberíamos hacerlo: como luz y sal en este mundo.
Cuando hablamos de los trabajos de salud, educación y desarrollo, nosotros preferimos hablar de restauración. Dentro de la restauración entran las situaciones de desarrollo, el trabajo con inmigrantes y refugiados, el trabajo de paz y justicia, la abolición del tráfico humano y la esclavitud global, así como el desarrollo económico y comunitario para empoderar a las personas, especialmente a las más necesitadas.También está la dimensión de la salud y el bienestar. Todo eso es muy importante porque buscamos trabajar integralmente como iglesia y ayudar a que la iglesia sea ejemplo para las comunidades.
El Evangelio tiene que ser integral. No puede ser solamente palabra, sino también hechos. Como dice el dicho: “Obras son amores y no buenas razones”. De nada sirve que hablemos del amor de Dios si la gente no lo ve en nosotros. De nada sirve que digamos que Dios es un Dios de paz y justicia si nosotros no somos instrumentos de paz y justicia.
PE: menudo, dentro de nuestras comunidades de fe existen estructuras o interpretaciones bíblicas que han invisibilizado la violencia contra la mujer. Desde su liderazgo, ¿cuál cree usted que debe ser la ruta de transformación para que nuestras iglesias pasen de la omisión a ser espacios de justicia, protección y sanidad para las mujeres?
AGL: Primero, hay que visibilizarlo. Debemos saber que no porque seamos cristianos y cristianas, o porque nos jactemos de haber nacido en una cuna evangélica, o de haber tenido una familia ideal que nos supo dirigir desde pequeños, estamos exentos de las situaciones que se dan en el mundo y de la cultura que se nos ha inculcado. Muchas veces no leemos la Biblia como esas buenas nuevas, sino que la leemos a través de los lentes de la cultura que se nos ha impuesto.
Uno se pregunta: ¿cómo es posible que en algunos países las mujeres tengan posiciones de liderazgo, incluso primero en áreas seculares que en las mismas áreas de la iglesia? Entonces, ¿será realmente la cultura de cada país, o será que estamos entendiendo a Dios y a la Biblia a través de esos mismos lentes culturales? A veces, como iglesia, somos los últimos en avanzar y en entender que debemos ser relevantes no solamente como cristianos para nosotros mismos, sino también para la comunidad.
Por eso es muy importante visibilizar estas realidades. Es muy importante denunciar las circunstancias. Cuando se empieza a hablar de ellas y se reconoce que existen, las personas dejan de sentir que no pueden hablar porque “en esta iglesia todo el mundo es perfecto”.
Cuando nadie habla, nadie se siente con la confianza de tener esa vulnerabilidad. Pero cuando abrimos esos espacios, entonces comienza a surgir la verdad, empieza la sanidad y comienza la restauración en nuestras familias. De otra manera, solamente sostenemos una pantalla de lo que creemos que es la familia perfecta.
PE: Considerando la feminización de la pobreza y la violencia en la región, ¿qué acciones o programas específicos están impulsando para que las mujeres no solo sobrevivan a la violencia, sino que recuperen su autonomía económica y su dignidad espiritual como protagonistas de su propio destino?
AGL: Hay cosas muy bellas que hemos visto. La educación es algo muy importante en el trabajo que hacemos con mujeres en África y en Haití.
Algo tan sencillo me conmueve hasta las lágrimas. Recuerdo a un grupo de mujeres pigmeas en África que estaban leyendo Génesis 1, donde dice que en el principio Dios creó los cielos y la tierra, y creó al ser humano a su imagen y semejanza. Ellas empezaron a llorar y decían: “¿Es cierto lo que estoy leyendo? Jamás voy a dejar que me traten como algo menos que la imagen de Dios”.
Algo tan sencillo como Génesis 1, que tal vez uno lee y aprende de memoria, para ellas era profundamente transformador. Estaban descubriendo esa buena nueva de sentirse seres humanos que no tenían que ser tratadas como animales.
Esa dimensión educativa es preciosa. También recuerdo a unas hermanas en Haití que estaban felices, bailando por todos lados. Yo pregunté: “¿Por qué están bailando tanto?”. Me explicaron que estaban siendo empoderadas a través de micropréstamos. Entre ellas hacían sus cooperativas, se prestaban su propio dinero y eso nunca se había hecho antes.
Una misionera, hija de misioneros en África, estaba desarrollando ahora ese trabajo con ellas en Haití. Entonces comenzaron a decir: “Ya no soy tu mueble. Ahora yo puedo traer comida para mis hijos. Ya no me vas a tratar como una cosa”.
Qué bendición es que una mujer pueda sentirse amada por Dios y productiva.
También tenemos el programa Talita Cumi de Niñas, que busca disminuir el embarazo en la adolescencia. Lo que se hace es hablarles de virtudes, de autoestima, de la importancia de tener buenas amistades y de contar con una mentora. Se les ayuda a comprender que no son solamente la hermanita mayor que debe cuidar a los hermanos pequeños, sino que son hijas de Dios, amadas por Dios, y que Dios tiene un plan para ellas.
En ese programa se presentan heroínas para cada virtud: niñas que han hecho algo positivo en el mundo. Recuerdo una ocasión en un grupo de Talita Cumi, cuando estaban leyendo sobre el valor. La historia trataba de una niña que comenzó a hablar con una compañera musulmana que estaba siendo víctima de bullying en su salón. En lugar de sumarse al bullying, dijo: “Yo voy a hablar con ella”.
Gracias a esa niña, en su salón se implementó una iniciativa contra el bullying. Luego se extendió a la escuela, después al distrito escolar y finalmente llegó a nivel nacional. Todo comenzó porque una niña dijo: “Yo quiero conocer a otra niña que tiene una cultura diferente a la mía”.
En ese grupo, la mentora preguntó qué pensaban de la lección. Una niña respondió: “Que no tengo que ser una niña blanca y rica para hacer una diferencia”.
Cuando escuché eso, pensé: si este programa logra que una sola niña se identifique así y descubra que puede hacer una diferencia, entonces vale la pena. Desde niñas se les empieza a decir que son hijas de Dios, que tienen un propósito específico, que no nacieron solamente para sobrevivir, sino para ser instrumentos de cambio.
PE: Para los lectores de Presencia Ecuménica, la unidad es un mandato. Ante problemas transnacionales como la migración y la crisis humanitaria, ¿cómo fortalece el diálogo y la cooperación entre distintas denominaciones la labor de Ministerios Internacionales? ¿Es el ecumenismo en la acción la respuesta más eficaz frente al sufrimiento de nuestros pueblos?
AGL: Es indispensable. La unidad es indispensable. Fue la oración de Jesús: “Que sean uno para que el mundo crea”. Es decir, no es una opción, es un mandato.
Tenemos que trabajar juntos. Como decía desde el principio, Dios trabaja con nosotros, a través de nosotros y, a veces, a pesar de nosotros. Dios ya está actuando en este mundo.
Lo que yo quisiera es que Dios nos diga: “Pusiste tu granito de arena”. Que podamos, como cristianos y cristianas de todas las denominaciones, de todas partes del mundo y en todos los idiomas, trabajar para que el amor trascienda todas esas barreras. Siempre he pensado que Dios es el Señor de este mundo, el creador y sustentador de este mundo. La división política es división política, pero no es la voluntad de Dios. La unidad tiene que ser un mandato y tiene que ser la única forma en que queremos trabajar.
PE:Venezuela representa un contexto de enorme complejidad geopolítica y social. ¿Cuál es su lectura sobre la labor de los socios locales en el país? ¿Y qué mensaje de aliento, pero también de compromiso, envía a quienes, en medio de la crisis venezolana, siguen sosteniendo comunidades enteras desde la fe y la solidaridad?
AGL: Lo que he visto de Venezuela es muy significativo, aunque debo decir que es mi primera vez aquí. Por eso, me siento un poco incompetente para hablar de Venezuela desde fuera, como mexicana, nicaragüense y desde otras experiencias.
Pero, precisamente porque es mi primera vez, lo que he visto del trabajo que ustedes están haciendo como Acción Ecuménica es algo de lo que quiero participar. Quiero ser parte, si ustedes me invitan a colaborar. Ya tienen muchas herramientas, muchas conexiones y una excelente metodología en diferentes áreas: educación, salud y otros campos de trabajo. Yo quisiera ver cómo podemos apoyarlos y colaborar con ustedes.
PE: Pastora, después de tantos años de servicio y observación en el terreno, ¿dónde está viendo usted los “brotes de resurrección” o señales de mayor esperanza para las iglesias de Iberoamérica y el Caribe en este momento histórico?
AGL: Los veo todos los días. Si no hubiera esperanza, creo que ya hubiéramos tirado la toalla.
Pero todos los días Dios nos da ese rayito de esperanza. Lo veo cuando observo en las personas el amor, la entrega y el compromiso. Personas que, con poco, hacen milagros.
Cuando hay voluntad, cuando hay amor a Dios y amor al prójimo, Dios multiplica nuestras fuerzas, multiplica nuestra salud, multiplica nuestros recursos y nunca nos abandona.
La esperanza la tenemos siempre. A veces pensamos que el mundo está de cabeza, y sí, muchas veces lo está. Pero sabemos que existe, en cada niño, en cada niña, en cada joven, en cada adulto, en cada anciano y en cada anciana, ese deseo de seguir luchando por la unidad y por el amor.
El amor es el que cubre multitud de pecados. Ese amor de Dios es el que nos sigue impulsando.
Y también el gozo. Eso es por lo que yo oro: que el gozo de servir nunca se nos acabe. Que siempre tengamos esa disposición de no dar lugar a la amargura en nuestro corazón, sino siempre a la esperanza.
La voz de Adalia Gutiérrez Lee, deja una convicción central: la misión cristiana no puede separarse de la justicia, la unidad y la restauración de la dignidad humana. En su mirada, el ecumenismo no es un adorno institucional ni una consigna teológica, sino una práctica urgente frente al sufrimiento de los pueblos.
Su reflexión recuerda que la iglesia está llamada a ser cuerpo vivo de Cristo en medio de las heridas de la historia: palabra y acción, fe y justicia, presencia y acompañamiento. En contextos atravesados por la migración, la pobreza, la violencia y la crisis social, la misión integral se convierte en testimonio concreto del amor de Dios.
Y aun en medio de las fracturas del continente, la esperanza aparece como una fuerza real: en las comunidades que resisten, en las mujeres que recuperan su dignidad, en las niñas que descubren su valor, en los pueblos que se organizan y en las iglesias que siguen creyendo que el amor de Dios puede abrir caminos de restauración.
S/G
- Adalia Gutiérrez Lee es médica, pastora ordenada y directora de Área para Iberoamérica y el Caribe de Ministerios Internacionales. Su vida ministerial ha estado marcada por el servicio misionero, la salud comunitaria, la defensa de la dignidad de las mujeres y el acompañamiento a comunidades de fe en contextos de vulnerabilidad y esperanza. ↩︎

